La vez que fui punkeada por Fernando Botero. Parte 1 de 2.

Para estos festejos cristianos occidentales, les dejo de regalo una trágica miniserie relacionada con mi vida como escritorcita y criticucha del arte.
Para mi primer colaboración en la prensa regiomontana, me fue solicitado que elaborara una reseña sobre la exposición “Abu Ghraib” de Fernando Botero, que se encontraba en el Centro de las Artes de la ciudad de Monterrey. Como se atravesaron diversos contratiempos, acabé asistiendo al lugar un fin de semana antes de la fecha límite para mandar el texto a los editores. Por ende, lo primero que “sentí” después de ver las obras (¡Oh My God, que expresión tan más chaira!) fue lo primero que escribí y lo primero que mandé.
He aquí el texto íntegro que se público en el primer número de la publicación bimestral Horno 4, durante la primer mitad del año presente.

Abu Ghraib: Botero en tiempos violentos

Theodor Adorno alguna vez dijo que escribir un poema después de Auschwitz era un acto barbárico. En el arte de la posguerra (o entre guerras, si la invasión a Irak llegara a considerarse una guerra mundial) es común el carácter de denuncia. Denuncia contra la discriminación, el sexismo, la explotación laboral, la pobreza, la vida acelerada de las ciudades y, especialmente en el nuevo milenio, los grandes movimientos bélicos. Todo aquel artista que siga basándose en temas arbitrarios o el “art for art’s sake” es menospreciado y tachado de preciosista. Aunque tenga posturas políticas y algunas obras de denuncia implícita o explícita, si el éxito se le presenta con contenido social nulo o escaso, sigue la condescendencia por parte de la audiencia especializada o no. Ejemplo de esto es Fernando Botero. A pesar de haber trabajado hace algunos años una serie de obras basadas en los actos violentos que constantemente ocurren en su natal Colombia, a Botero se le reconoce inmediatamente por sus personajes “gordos” (caballos, frutas, perros, personas, la Mona Lisa) y sus llamativos colores. Obras que dan risa a una sociedad gordofóbica, que llaman la atención por meras cualidades formales y estéticas, o que provocan indiferencia a quienes buscan piezas con contenido y piensan que el autor vive en una burbuja de belleza y voluptuosidad donde lo que ocurre en la sociedad importa poco. Esto pronto podría cambiar después de “Abu Ghraib”. Después de leer la investigación de Seymour M. Hersch para el New Yorker sobre las torturas a prisioneros iraquíes por parte de soldados estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib, Botero fue informándose más al respecto y, sintiendo que no podía quedarse de brazos cruzados, produjo en un año docenas de dibujos y acuarelas y más de 50 pinturas basadas en el material escrito y fotográfico que encontró. El resultado, una exposición que comparte nombre con la espantosa prisión, se encuentra actualmente en el Centro de las Artes. La serie es violenta como los hechos que la inspiran. Incluso más que las fotografías. Sin cambiar su estilo pictórico, Botero logra mostrar el dolor e impotencia de los prisioneros y enfatizar la crueldad de la que son víctimas. En los dibujos se auxilia de sepias y sanguíneas para resaltar los fluidos corporales entre los negros y grises del lápiz. Algunas de las pinturas son pequeñas en comparación con la gran escala con la que acostumbramos a ver a Botero. En estos cuadros de dimensiones menores, aparecen únicamente brazos y piernas hinchados por la presión de las sogas, que marcan hasta sangrar los tobillos y muñecas. Esto nos enseña cómo los cautivos son dañados en cada parte de su cuerpo y, como presenta otra pintura pequeña en la que vemos el rostro agonizante de un hombre vendado, en cada parte de su psique. Sin embargo, no significa que las pinturas de cuerpo completo sean menos impactantes. La museografía es excelente. Sin que los espacios se vean cargados, nos lleva por todo el edificio y por toda la exposición hasta llegar a las piezas más crudas y explícitas, dándoles tiempo suficiente a las personas más sensibles de salir de la exposición si se sienten demasiado impactados. Además, los colores de las mamparas son neutros y monótonos para darle mayor importancia a los rojos y verdes de las imágenes. Algo que quisiera mencionar es que mientras que la exposición anterior de Botero abarrotó MARCO en 1999, “Abu Ghraib” no ha corrido con la misma suerte. Aunque en su primer domingo recibió más de 2 mil visitantes, para el jueves en la tarde sólo estábamos una decena de personas (entre ellas, un niño que se burlaba de los personajes robustos o, peor aún, de su sufrimiento). Si recordamos lo abarrotada que estuvo siempre la retrospectiva en MARCO y, si queremos comparar con un momento más próximo, las peregrinaciones para ver a Frida el año pasado, las diferencias son drásticas. Quiero pensar que esto tiene que ver con “mal de codo” regiomontano (el precio de estacionamiento y el precio de entrada a la exhibición pueden llegar a ser contratiempos) y no con evitar deliberadamente el tema. Con querer quedarse con la idea de que el arte es bonito y con la idea de que el único dolor que importa en el arte es el del artista mismo. Quizás no es que las personas no conocen el lado activista de Botero, sino que no quieren conocerlo. Y, al no querer conocerlo, lo encasillan más y más. Quizás más barbárico que escribir un poema después de Auschwitz (o pintar frutas después de Abu Ghraib) sea no leer más que el poema después de Auschwitz, privándose a uno mismo de las posibilidades que tenga el arte en su entorno.

La segunda parte viene en vísperas de año nuevo. Hold on.

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