El Indio Encuerado

Hace ya casi un par de semanas, se llevó a cabo la entrega anual de los Premios de la Academy of Motion Picture Arts and Sciences, mejor conocidos por compartir su nombre informal (así como su cuerpo, a pesar de haber sido moldeado a imagen y semejanza de Emilio Fernández) del tío de Margaret Herrick. O del ex de Bette Davis. Según a quien le quieran creer.

En el evento hollywoodense, brillaron tanto héroes como villanos, tanto vivos como muertos, tanto huraños como sonrientes; quienes pasaron (o no) a recoger su estatuilla y aprovecharon la ocasión para reír, llorar o amenazar con desmayarse.

Ya sabemos todos quiénes fueron los seres humanos que brillaron aquella noche, quién se puso qué cosa y quién se burló de la decisión/ardid de cuál colega. Lo que no sabemos, y nunca comprenderemos completamente, es por qué rayos todo esto nos importa.

Los logros de los famosos están destinados a producir inspiración o envidia entre los demás mortales. El alcalde de Alcobendas ha anunciado que se nombrará hija predilecta de la localidad a Penélope Cruz, quien no olvidó sus orígenes en su discurso de aceptación como Mejor Actriz de Reparto. La comunidad gay (y sus aliados) festejaron entre lágrimas el triunfo de Dustin Lance Black como guionista de Milk, filme sobre el primer político abiertamente homosexual en California. ¡Y qué decir sobre los compatriotas del elenco de Slumdog Millionaire! Esta última situación, por cierto, ha servido para destapar ante el mundo problemas como la extrema pobreza, la insalubridad y la violencia doméstica en la India, ya que los niños actores que encarnaron a los pequeños Jamal y Latika lo han vivido todo.

Y también están los que hubieran preferido que Mickey Rourke fuera nombrado Mejor Actor en lugar de Sean Penn. O los que salvajemente desgarraron el bizarro triángulo amoroso entre Jennifer marry-me-anyone? Aniston, Angelina Jolie y Brad Pitt. O el hecho de que un considerable número de féminas participantes, entre ellas Sarah Jessica Parker y Anne Hathaway hubieran ido disfrazadas de Bridezilla.

Pero a muchos “allá en casita”, lo acepten o no, les hubiera gustado estar ahí. Como galardonados, como nominados, como parte del staff, como mediocres invitados sin quehacer (Zacquisha y compañía) o como simple audiencia. A mí me hubiera gustado estar en Los Ángeles durante aquella semana con razones por demás ñoñas, independientemente de la ceremonia de premios. Sin embargo, si alguien me hubiera invitado a viborear a talentosos y sobrevaluados por igual, no hubiera desperdiciado la experiencia.

¿Por qué? Somos seres humanos. Preferimos decir que hacer. Preferimos observar que ser observados (aunque haya muchos exhibicionistas que amen ser el centro de atención con el menor esfuerzo. More on this, later) y preferimos ejercer la crítica que recibirla. Los que quisieran algún mejor futuro y un mucho mejor presente ven en los triunfadores un espejo ideológico o un espejismo psicótico. El emotivo discurso de Black pudo haberle salvado la vida a algún chico de clóset, mientras que su madre evangelista extrema vio en el también guionista de Big Love al mismísimo Satanás. Todas las fans de Cruise-Bardem-McConaughey-etcétera hubieran querido que Pé se desvaneciera para no volver a levantarse, al mismo tiempo que una triste chiquilla de cualquier pueblo gachupín ha redefinido su sueño de poner a dicho pueblo gachupín en el mapa. De ponerse a sí misma en el mapa.

A otros, por otra parte, les vale madre. Tienen sus aspiraciones y sus monstruos en quizás otra parte y en otro tipo de premios de diferente índole. O de ninguna índole, pues ven a este tipo de ceremonias como actos vendidos de descarada ostentación. Meras excusas para ganar dinero y fama al instante, habiendo sólo pagado con unos cuantos pasesitos y unas cuantas sentadillas.

Pero si no es en un gran evento, como quiera se busca la recompensa desde cualquier otro lado. Un ascenso en el trabajo, un matrimonio “tipo, bien”, una sesión en el spa tras una ardua semana, un pedo en el baño después de forzarse a contenerlo.

Esto quizás demuestre que no somos tan hombres después de todo. El perro quiere ir de paseo porque se hizo el muerto. Polly quiere una galleta porque sabe decir su nombre. Yo quiero un automóvil porque ya sé manejar. Somos unas mascotitas en busca del eterno premio que nunca basta. No es nada malo, porque en realidad somos animales. Animales humanos que la cagamos como animales y como humanos. A fin de cuentas, ni a Polly ni al perro les parecerá que el vestido de Amanda Seyfried en el evento la hacía parecer un regalo que nadie quisiera abrir.

Dejando dilemas y conclusiones morales a un lado: en mi corazón, a Kate Winslet le dieron el Oscar a Mejor Actriz por su participación en Extras.

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