LOL INFLUENZA

No longer empty and frantic
Like a cat
Tied to a stick
That’s driven into
Frozen winter shit
(the ability to laugh at weakness)

.- Stephen Hawking, digo, Radiohead.

Desde el jueves pasado (si no es que antes), la nación ha comenzado a sumergirse en un estado de emergencia. Todos los grados de educación cancelan sus clases hasta el seis de mayo, las actividades laborales se ven empañadas por mascarillas y paranoia, los centros de recreación disminuyen sus ofertas culinarias y cinematográficas, los supermercados atraen masas precavidas que aprovechan los bajos precios y atascan las alacenas con material de supervivencia. Si duelen las articulaciones por caminar mucho, hay alarma. Si uno estornuda porque el cuarto está muy empolvado, viene la histeria. Es imposible aguantar el día entero sin rascarse el rostro ni tallarse los ojos, y hay que lavarse las manos incluso después de tirarse pedos.

Así como hay quienes tienen o no precaución excesiva, hay quienes dicen que la influenza porcina fue inventada por el gobierno mexicano para que la comunidad se olvide de la crisis monetaria y gaste más en productos médicos y compras de pánico. También está la teoría conspiracional que nos lleva a Donald Rumsfeld, amiguis de la compañía que inventó el Tamiflu y personaje responsable de esparcir la enfermedad por todos lados para obligarnos a conseguir el antiviral. Otros loquitos creen ciegamente que those-we-do-not-speak-of se cansaron de cortar cabezas y llevaron su terrorismo a extremos biológicos (¿Para qué, si ya es legal traer mugreros?). Por supuesto que no faltan quienes dicen que esto es mucho peor que una simple influenza, que le dieron el nombre de algo ya conocido para no alarmarnos de más, y que como quiera nos va a cargar la fregada.

Como diría un camarada en una conversación electrónica ayer por la tarde, “yo soy extremista.. o no es nada, es quieren elimiar a mucha gente” (sic).

Independientemente de mitos y realidades, algo que definitivamente se ha notado es la típica postura humorística del mexicano. Tanto quienes creen y sufren como quienes no creen o tienen prioridades distintas (como “no ponerse gordos” o conseguir accesorios de moda), han publicado comentarios chistosos en las distintas redes sociales en línea. En cuanto la cuarentena estudiantil entró en vigor, los usuarios de Facebook atiborraron la aplicación LivingSocial con listas como “a quien culpar por la pinche epidemia?”, “¿¿¿Quien podria salvarnos de la horrible Epidemia???”, “5 cosas para cuando ataque la influenza !!!”, hasta el ya popular “things to have when zombies attack!!!!!!”, usualmente con los personajes y objetos más aleatorios en los que uno pueda llegar a pensar. Por cierto, la imaginaria relación influenza-zombies28dayslaterresidentevil-OMG no se dejó esperar.

Más allá de las referencias a los juegos de video y al cine de horror indie o de serie B, quienes se encuentran un poco más alejados del midcult han hecho también su agosto. Basta con buscar en YouTube la popular Cumbia de la Influenza y darse cuenta de sus niveles de popularidad. Si no se tiene acceso a la Internet, no hay problema: el vídeo es transmitido sin cesar en noticieros serios, amarillistas o de sangre liviana, donde tampoco ha escaseado la carrilla contra quienes portan o no (y cómo lo hacen) la protección adecuada.

El stress y la depresión vuelven vulnerable al ser humano. Cuando uno pasa por etapas severas de angustia y desesperanza, el sistema inmunológico se debilita y facilita el contagio de enfermedades. Es decir, quien le tenga el más puro e insano temor a la influenza porcina presenta mayores oportunidades de adquirirla o de, mínimo, somatizar este pavor a manera de los ya famosos síntomas. El miedo en sí se convierte en una enfermedad de rápida propagación, un virus nivel 6 del que no hay salvación alguna.

¿O sí?

Octavio Paz, en su ensayo “Todos Santos, Día de Muertos”, intentó justificar el humor negro del mexicano 59 años antes de la presente epidemia. En esta sección de El Laberinto de la Soledad, habla sobre el amor hacia las fiestas por parte del ciudadano común, en aquel entonces casi exclusivamente de la clase obrera, que desahogaba sus tensiones en las celebraciones al santo patrono de su pueblo y en los eventos patrios, a falta de cocktail parties y reuniones de fin de semana. Esta actitud no deja de vivirla en los momentos más adversos ni en la proximidad de la muerte.
Para el habitante de Nueva York, París o Londres [recuerden que El Laberinto se publicó antes de que existiera Monty Python y de que naciera Bill Hicks], la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: “si me han de matar mañana, que me maten de una vez“”.

Paz prosigue más adelante, en un periodo del tiempo en que las pachangas terminaban en balaceras dignas de película de Pedro Infante: “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. […] Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque “la vida nos ha curado de espantos”. Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto, mejor.

Por dentro, aunque ya seamos miembros del G20, tengamos artefactos electrónicos y muchos estemos intelectual y culturalmente a la par de ciudadanos de otros países en uno o más aspectos, ¿seguiremos con estas ideas eutanásicas, casi suicidas, acerca de la existencia humana? ¿Será que nos burlamos de la muerte porque también nos burlamos de la vida al no tomarnos nada en serio? ¿O porque, aún siendo criados con imágenes del cielo y el infierno, no le tenemos miedo a la Parca? ¿No será por estas mismas creencias en el Más Allá, sin importar que seas el joven católico más mojigato o un apóstata admirador de Nietszche y Radiohead, que tenemos confianza en que nos depararán cosas hermosas cuando nos toque partir? ¿O será que, como chavos que somos, nos sentimos inmortales y pensamos que nada podrá hacernos daño? Este virus, existente o imaginario, será una anécdota que contarle a nuestros hijos; y si es algo de lo que nos reiremos más tarde (o si no contamos con la seguridad de que podremos hacerlo, ya que la vida es frágil), como quiera no hace daño reírnos de él desde ahora.

Por eso, no tomo como falta de respeto el hecho de que existan bromas sobre la influenza ni de cualquier otra catástrofe. Aunque se acumulen los cuerpos por las calles, no hay necesidad de reclamar “Too soon!” o “That’s enough!” cuando se manipule al Benito Juárez de los billetes de veinte pesos y se le ponga un cubrebocas. Obviamente, siempre y cuando se tomen las medidas que se crean necesarias, el humor será siempre un refuerzo más. No vas a cantar “Everyone has AIDS” mientras te inyectas heroína y te tiras a sesenta y ocho desconocidos sin protección.

Muchos compis apocalípticos requieren, urgentemente, que les injerten un funny bone. O que se tomen un V8 que, además de ser rico en vitaminas A y C, los puede curar de la resaca eterna que aparentan padecer.

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3 Respuestas a “LOL INFLUENZA

  1. Concuerdo completamente con que hay gente que se amarga la vida con cualquier pretexto, pandemia de por medio o no. No se puede uno reír de nada porque ya es uno un insensible malparido. Y peor si no concuerdas con los productos del exceso de dopamina en su cerebro porque entonces ya eres uno de “ellos”.

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