Tu color favorito de Crayola es el Crayola Payola.

Por motivos meramente relacionados con el espacio (¿casos espaciales?), he comenzado a ser mudada de departamento en mi trabajo. Se planea que siga con la misma labor, aunque en lugar de hacerlo en ratos compartiendo la computadora de mi jefa (las dos tenemos que acariciarnos la mascota), será por tiempo completo desde un ordenador al que pueda llamar propio.

Aunque hay mayor lugar para estirarse y un menor número de pasos entre la entrada y el asiento, vienen también lados negativos tan vanos como estos pros. Apenas conozco a la mayoría de los vecinos (uno de ellos, a punto de partir), se siente un calor rabioso que te derrite el cerebro y tanto niños como seres externos hacen bullicio frente a nuestras puertas, ya que ahí están todos los “bienes”. Pero lo más incómodo, que incluso pueda ser causal de renuncia para un hipster mamón al que le robaron el iPod, es la música de radio que nos acompaña a todo volumen.

Cortesía de aquella persona que está a punto de marcharse, vienen comerciales insulsos, programas con punchis-punchis de fondo cuyo contenido puede segundar a los comerciales, y una serie de temas frecuentes en las listas de popularidad. Una y otra vez, nos recetan las mismas canciones de Gloria Trevi, de Ricardo Arjona y de Alexander Acha (¿Aja?), entre varias mediocridades del pop en tu idioma, el bubble gum anglosajón (como aquella a quien, en estado de ebriedad, termino llamando Lady fucking Gaga), y hasta una que otra melcochada que se hace llamar cumbia. Todo esto, en repetición. Como si la estación de radio tuviera el mismo repertorio que la memoria USB/reproductor MP3 con la que el anfitrión entretiene una albercada en su rancho.

Menos de un gigabyte de programación cada ocho horas.

Quizás esté malcriada porque, en mi anterior departamento, una de las chicas tocaba tanto a Natalie Imbruglia como a Urtikaria Anal, pasando por Lipps Inc., Garbage, Danzig y mucho, pero mucho Iron Maiden. Salvo cuando la última banda y Judas Priest vinieron a la ciudad, nunca se escuchaba la misma canción dos veces en un día. En ocasiones, en semanas.

Si una simple oficinista tiene suficiente material para musicalizar cada segundo de nuestras vidas y hacerlas un poco más plenas e interesantes, ¿por qué una estación de radio, con todo el dinero del mundo, se ve forzada a introducirnos el más reciente plagio de Kalimba?

A mi colega no le pagan los publirrelacionistas de sus bandas favoritas. A los de la radio, la gente tras el hijo de Emmanuel les mete monedas por la ranura como si fueran rocolas. Unbeknownst to me…

La payola es una actividad aparentemente prohibida, mas sospechosamente popular. Aunque es ilegal en varios países desarrollados, en México ha sido un secreto a gritos. En el 2003, se dio a conocer que Universal México dejaría de pagarle a las radiodifusoras para que rotaran piezas de los artistas contratados por la empresa. Jorge Ávila, label manager de compilaciones, fue despedido por hacer público el hecho de haber recurrido a dicha práctica; mientras que demás disqueras trasnacionales como Sony, Warner y Ariola, negaron efectuar transacciones de este tipo.

A casi seis años del asunto, tengo las bocinas cuestionándome “¿Qué hace el sexo en Internet? ¿El pudor en la vedette? ¿Qué hace un Porsche en Tel Aviv?”. Respondo, maleducadamente, con mis propias preguntas retóricas: ¿Habrá sido Avila despedido no por haber realizado payola, sino por reconocer que la había hecho? Mucho peor: ¿Por haber decidido dejar de practicarla?

La pasión y la cultura general sucumben en los medios ante la frivolidad, el mecanismo y la compulsión.

Si pasas por las curvas que te llevan de Gómez Morín y Vasconcelos a Gonzalitos y Constitución, verás el panorámico de un perfecto desconocido protegido por una emisora de la localidad. Entre la foto del pelmazo anónimo y la carátula de su disco compacto, el slogan te pide que solicites su sencillo en tu estación favorita – obviamente, la patrocinadora. Es la segunda o tercera vez que cambian este espectacular, siempre con una foto del pobre aborto de Gustavo Lara y, por supuesto, la portada del álbum que resalta dicho cliché.

Las corporaciones aún no superan el deceso del Festival Valores Juveniles Bacardi y Cía., donde la rutina de un conjunto coreográfico vocal con integrantes de esos “que se desmayan” le ganaba al acto de una potente gorda con diafragma de acero. ¿Adivinen quién acabó en Cero en Conducta como un triste estereotipo y quiénes inundaron Telehit con sus cabellos multicolores?

Mejor, sin concursos, ahora se inventan directamente a los ganadores, y sin tener que sacar otro reality show pasado de moda que nadie va a ver. Aquí, Operación Triunfo fue un fracaso y La Academia perdió su audiencia tras la segunda temporada. Claro, las tiendas de ropa siguen ambientándose con el disco de Yuridia, pero es casi como tener sexo con Mussolini: aburrido, quizás doloroso, y a la fuerza porque estás casada con él.

Le pregunto a mis dos lectores regios: ¿Hay alguna buena estación radial en la localidad, preferentemente left of the dial, en la que el repertorio sea nutritivo y variado, acompañado por locutores con vocación y talento, sin recurrir al exceso de publicidad dentro y fuera del aire? Sé que los podcasts de algunos de ustedes son fabulosos, pero ¿Qué hay de la radio tradicional a la que le mueves la perilla? No siempre es sencillo bajarse un episodio de Sustancia! a la brevedad posible.

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Una respuesta a “Tu color favorito de Crayola es el Crayola Payola.

  1. Hace como miles de millones de años que no escucho la radio por gusto. De hecho, me estaba volviendo loco un día que olvidé subir cds al automovil y me estanqué en el tráfico de la ciudad de méxico. No hallé nada divertido y mejor me puse a cantar. FUN FOR HOURS.

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