Kitsch in Japan.

Yukio Mishima, por Eiko Hosoe.

Yukio Mishima, por Eiko Hosoe.

Uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos es Yukio Mishima. Hacía lo mismo relatos sencillos y con moraleja inofensiva (La Perla, El Rumor de las Olas) que difíciles e incendiarias novelas escritas en japonés antiguo (El Templo del Pabellón de Oro, la tetralogía El Mar de la Fertilidad), solemnes obras de teatro, películas de acción y mucho, mucho, mucho exhibicionismo. Aunque no me encuentre a favor de las ideas puritanas que lo llevaron a la muerte, admiro su dedicación absoluta y sus agallas de acero.

He estado leyendo una biografía en línea llamada Mishima o el placer de morir. Fue escrita por Juan Antonio Vallejo-Nágera, catedrático de psiquiatría en la Universidad Complutense. Ya sé que muchos le tienen pavor a los loqueros que se entrometen en el mundo de las artes, pero este hombre era un completo apasionado con todo y sus “limitaciones” estéticas. No sólo se encargó de documentar hasta el color de sus calzones, sino que dedicó largos segmentos del libro a la cultura japonesa, en especial de aquellos factores que la hacen “nación de la espada y del crisantemo”. Ya saben: guerra y armonía, coraje y respeto, muerte y belleza.

Este pasaje me pareció que quedaría con el tema del blog. Habla sobre los típicos extranjeros que visitan o radican en el país y creen estar viviendo la máxima experiencia de las artes niponas. A ver si les recuerda a sus abuelas ricas y sus litografías “de chinitos”.

EXAMINANDO AL MONO NARIGUDO

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Por supuesto les podemos aplicar el mismo tratamiento y analizar jocosamente la pinta de Mishima, ataviado a la europea y su curioso ideal de estilo de vida «sentándose en pantalones vaqueros en un mobiliario rococó»,103 pero esto sería caer en el mismo error y en la misma injusticia. Lo que interesa no son sus defectos sino sus cualidades. Defectos los tenemos cualquiera de nosotros, no necesitamos ir a buscarlos tan lejos. Al lector puede serle útil un comentario sobre las diferencias de actitud.

Si un coleccionista occidental muestra a un conocedor extranjero sus objetos preciados, siempre pone de relieve los más importantes. Presupone, al menos en teoría, que el otro los va a apreciar. Los japoneses no. Empiezan por lo peor, van subiendo gradualmente, y paran al juzgar que el visitante no capta el incremento de valor, y no se molestan en mostrar el resto.

Influye el modo como tenemos colocadas las colecciones. En Occidente los cuadros están todos visibles en las paredes, las porcelanas ostentosamente presentadas en sus vitrinas o repisas. Para un japonés esto sería el colmo de la vulgaridad. Además no tienen sitio. En la habitación hay una sola pintura, y un solo arreglo floral en una única cerámica; el resto está oculto y hay que irlo sacando trabajosamente pieza a pieza, guardando las anteriormente vistas. Nosotros colgamos un cuadro en la pared, y ahí queda para siempre. Para un japonés refinado esto es un desatino. La obra de arte no tiene significado intrínseco, sino en un complejo mundo de relaciones. Está expuesta por algo y para algo. El «kakemono» (pintura adherida a un soporte enrollable), se guarda en un armario con cajoncillos individuales, como los que había antes para los rollos de las pianolas. Se saca sólo uno, el adecuado para el día, de acuerdo con la naturaleza del visitante, el estado de ánimo del dueño, época del año, etc. El arreglo floral estilizado («Ikebana») debe guardar relación con todas estas cosas, y con la pintura a que acompaña, muebles, etc. Es, para el japonés, una forma de opinar y de decir cosas.
A veces, lo que «dicen» con el florero es que el visitante no merece demasiada atención, pero éste nunca se percata, pues si «entiende el lenguaje» ya se ocupan de prepararle otro más halagador.

Los anticuarios se portan igual. Nunca tienen expuesto lo mejor, y en las zonas visitadas por los extranjeros para empezar no se establecen buenos anticuarios, y cuando uno de éstos nos ve (con desagrado) entrar en su tienda, se apresura a NO enseñarnos más que lo peor que tiene. En la escuela española de equitación hay una bonita frase: «Las espuelas hay que ganarlas». En Japón las antigüedades hay que «ganarías» también, no basta con pagar su precio.

Siempre están dispuestos a examinar al extranjero, para encuadrarle en una escala de apreciación estética. Recuerdo dos anécdotas especialmente ilustrativas. Un español que deambula por un barrio periférico de Tokyo encuentra un anticuario modestamente instalado, pero con piezas de calidad. Parece ser la rara avis buscada por todo cazador de gangas. Dentro sólo está el dueño. No sabe una palabra de inglés, y nuestro compatriota ni una de japonés. Evidentemente allí no entran turistas, pero al comerciante le llama la atención que el cliente parece desear un kakemono caligráfico, al que señala insistentemente. Piensa que es un error, no le cabe en la cabeza que eso pueda apetecer a un «bárbaro». Saca los convencionales kakemonos al gusto occidental, con unos patos entre los juncos, otro con un gorrión en la rama de un pino con luna al fondo… El extranjero insiste tozudamente gesticulando hacia la caligrafía, y le hace entender, ¡al fin!, que desea ver otras. Saca dos más, y al comprobar que el mono narigudo elige la mejor cambia radicalmente de actitud, le hace sentar, pasa a la trastienda, y tras una espera que el cliente no entiende y se le hace interminable, entra solemnemente con un servicio de té. Sólo tras haberlo degustado ambos, pone precio a la pintura. Mi amigo lo recuerda como su mejor momento en Japón.
Había participado, sin percatarse de ello (y ahí está la magia), en su primera «ceremonia del té».

La otra anécdota similar, que ocurre a distinto nivel, resulta más divertida porque su protagonista es Fernando Zobel, quien además del museo de Arte Abstracto de Cuenca ha creado una importante colección de arte oriental. Esto no lo sabía un experto en cerámica japonés, que le recibe en su casa con cierta desgana. Tras un rato de charla convencional, afirmando que tiene muy pocas piezas, le enseña «la más importante». Casi ningún occidental sabe que las cerámicas orientales deben sujetarse en las manos de forma determinada, pero Fernando sí lo sabe. Al ver el japonés cómo la recibe Zobel, se le escapa: «Ab, si usted sabe cogerla así, LE VOY A TRAER UNA MEJOR.» Zobel me comentaba después, entre irritación y halago: «Lo malo es que no sé a qué nivel de su colección me ha dejado de enseñar cosas.»

Pueden bajarse el libro completo en PDF aquí.

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