“¿Sexy Niños? ¿Qué no ya habían cerrado ese antro?” (O “arte o pedofilia, por enésima vez”)

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El pasado 1 de Octubre, se inauguró una mega-exposición en la Tate Modern de Londres, Inglaterra. Su nombre es Pop Life: Art in a Material World; y parte de los tiempos de Andy Warhol y compañía, cuando las fronteras entre el High and Low se difuminaron con mayor intensidad y el arte fue dirigido deliberadamente a las despreocupadas masas de la posguerra. La exposición cuenta con la participación de la gran mayoría de los Golden Boys y Golden Girls que han hecho ruido durante los últimos cincuenta años: el mismo Warhol, Jeff Koons, Keith Harring, Cosey Fanni Tutti, Takashi Murakami, y algunos YBAs como Tracey Emin y Damien Hirst. Cuenta con obras elementales de cada uno de estos artistas y, obviamente, se espera un gran número de visitantes de todo el mundo.

Minutos previos a la apertura oficial, todo parecía ir muy bien con los preparativos. Pero unos colados entraron antes de tiempo, le dieron un vistazo, y aparentemente les impactó tanto que se llevaron una pieza.

Estos colados eran de la Unidad de Publicaciones Obscenas de Scotland Yard. La obra que se llevaron era una fotografía (o más bien re-fotografía) tomada por Richard Prince (pero original de Garry Gross) y titulada “Spiritual America”. ¿Por qué se la llevaron? Porque venía Brooke Shields desnuda, maquillada y en una tina de baño. A los 10 años de edad.

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Los de Scotland Yard pensaron que rayaba en los límites de la pornografía infantil y que podría llegar a ser “sexualmente provocativa”. Los encargados se habían decidido a ponerla en una sala aparte con advertencia en la entrada. De cualquier modo, la muestra es sólo permitida a mayores de 18 años y recomendada a gente de amplio criterio.

Los de la organización Kidscape piensan que la Tate Modern utiliza la imagen como un “cebo”, y que por eso abusan de la niña. Aunque respeto las labores de Kidscape en contra del abuso a menores en cualquiera de sus modalidades y por haber sido de los primeros en atreverse a hablar acerca del bullying, me parece bastante paranoide que consideren que la Tate buscaba atraer visitantes solamente por contar con la foto de la pequeña Brooke Shields sin ropa.

De todos los artistas participantes, Richard Prince es quizás el menos famoso. Antes de que se armara un escándalo, se tenía asegurado que la mayor parte de los asistentes irían magnetizados por los nombres fuertes que ya he mencionado en párrafos anteriores. Quizás desconociendo el contenido de la obra misma. Digo, es Warhol. Es Hirst. Apellidos que se utilizan casi como marcas de productos. Casi como Disneyland o la Coca Cola. Fueron los medios y estas asociaciones quienes pegaron el grito en el cielo e hicieron un mayor lío al respecto.

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Como también ya había mencionado, la exposición de todos modos estaba prohibida a menores de edad. ¿Por qué? Por la naturaleza sexual o violenta mucho más explicita en otras piezas. Está la escultura hiperrealista de Jeff Koons teniendo sexo con su entonces esposa La Cicciolina. Otro escultor de este tipo, Maurizo Cattelan, representa a Jesucristo como a un caballo muerto con las iniciales INRI clavadas en el costado. El carnero en formol de Damien Hirst es otra pieza de contenido espiritual, como la de Cattelan, que los fanáticos religiosos malinterpretarían. Etcétera, etcétera. Es pop. Es sórdido. Es inherentemente estridente. Y esto lo saben los curadores del evento. Por eso está la indicación de la mayoría de edad. Por eso está la sugerencia del amplio criterio.

La fotografía de la pequeña Shields, así como la escultura de Koons, distan mucho de ser pornográficas. ¿Por qué? Porque la finalidad de la pornografía es simple: provocar el clímax a los espectadores más brutos. Para eso están las revistas, los filmes y las grabaciones amateur. Directo y al grano. Sin intenciones artísticas, sin pensar en la composición, sin otro contexto que la respalde más allá de la satisfacción onanista del consumidor (y/o, en el caso de quienes suben sus videos a YouPorn, del emisor).

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Por eso las cabinas en las sex shops son privadas. Y por eso la serie de Koons y la foto de Prince están en un lugar público: no fueron echas para que te tocaras. Koons sólo quería presumir que se estaba tirando a una estrella porno. Si empezaras a hacer de las tuyas inspirado en la pieza y en el mismo recinto, seguramente te arrestarán por exhibicionismo (y si algo cae donde no debe, por vandalismo a propiedad privada).

Prince se apropió de la imagen de Shields por razones mucho más profundas. Para él, la nena era “una entidad abstracta, un cuerpo con dos sexos diferentes, o quizá más, y una cabeza que parece tener una edad diferente”. Casi como la representación de los ángeles en la cultura judeocristiana: andróginos niños-adultos que viven entre las nubes y traen complejos mensajes. “Spiritual America” estuvo en la exhibición como una muestra del resto del material del autor, medianamente reconocido por fotografiar anuncios ajenos y respaldarlos con un significado completamente distinto.

No son los motivos de Richard Prince ni los de Tate Modern los que deberían ser puestos en tela de juicio, sino los del fotógrafo de la serie original y los de la manager de la actriz, su madre Teri Shields. En 1975, Gross firmó un contrato con Teri por 450 dólares para un proyecto llamado “The Woman in the Child”, en el que buscaba demostrar la feminidad en las preadolescentes. La señora Shields cedió todos los derechos de las imágenes a Gross, quien las publicó en revistas como Little Women y Sugar and Spice (propiedad de Playboy Press). Las imágenes fueron exhibidas en la Quinta Avenida de Nueva York; y también fueron utilizadas para promocionar el filme Pretty Baby, donde la jovencita encarnó a una joven en un burdel. Brooke intentó recuperar los negativos para evitar y llevó un par de veces el caso a la corte. Perdió las dos veces.

Estas imágenes son la punta del iceberg en la explotación de Brooke Shields como una Lolita de los 70s y 80s. Basta con recordar Blue Lagoon, Endless Love (donde a la virgen quinceañera tuvieron que pellizcarle un dedo del pie para que fingiera un orgasmo) y aquel anuncio en el que nos dice que entre sus Calvin y ella no hay nada. Luego Teri se queja de que su hija no vaya a visitarla ni lleve a sus nietos.

Todos estos datos hacen que la apropiación de Richard Prince nos parezca una crítica más aguda a la cultura pop, a la adultización de las niñas y a todas esas cosas descabelladas y sensacionalistas que nos encontramos en los medios masivos sin restricción alguna. Definitivamente, “Spiritual America” hubiera hecho honor al nombre de la muestra, como un ejemplo del arte en un mundo material.

A principios de diciembre me encontraré por aquellos lares. Si todo lo permite, asistiré a la exposición y les contaré a todos qué me pareció. Llevo ID y todo.

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