“El buen negocio es el mejor arte.”

Después del caos de Spiritual Americay a sabiendas del resto del contenido, no podía quedarme sin ver esta exposición en una vuelta por las Europas. Pop Life: Art in a Material World me pareció un resumen completo y lúcido del arte occidental en estos últimos cuarenta años.

La primera sala nos da un par de ejemplos de cómo la obra maestra ha salido de la galería y se ha instalado en las actividades recreativas del hombre común. Jeff Koons reproduce a la perfección un conejo de globo y lo transfiere al acero inoxidable. Tiempo después, lo regresa a su materia original y lo presenta, magnificado, en el desfile de Acción de Gracias de Macy’s. También está Andy Warhol, llamado “Príncipe del Pop” por la prensa de sus tiempos, en aquel anuncio de televisores donde pronuncia los colores primarios en un muy mal japonés.

Siguen un par de salas que registran la vida social de Warhol y que nos lo recuerdan besando cantantes, pintando colegas, haciendo comedia en Saturday Night Live, y agraciando las portadas de la revista Interview. Se le llamaba “vendido” por cumplir comisiones al por mayor y por exhibirse ante los medios masivos como una celebridad más. Pocos recordaban que los artistas, por varios siglos, retrataban a personajes de abolengo y asistían a sus fiestas.

Hay más obra de Koons, en un cuarto al que sólo pueden acceder mayores de edad. Es lo que mencionaba en mi post anterior: Koons haciendo el amor, en fotografía y escultura, con su entonces esposa La Cicciolina. Es gráfico, sí. Es rudo, claro. Es realista, donde a Koons le conviene: puedes ver el coito desde todos los ángulos, pero el autor/modelo se presenta musculoso y apuesto. Lo comparamos con el desabrido enclenque de las fotos (no es su culpa: los artistas plásticos no tienen por qué ser guapos) y vemos que mandó el hiperrealismo, literalmente, a la verga.
Pienso en aquel episodio de South Park donde cada personaje recuerda eventos de capítulos pasados y los manipulan a su antojo. Eric Cartman, en el suyo, se imagina como todo un beefcake.

En tristes noticias, la Spiritual America que fue decomisada por Scotland Yard no ha vuelto ni volverá a la muestra. Ha sido reemplazada por una revisitación del 2005, con Brooke Shields adulta y en bikini. Todo el mensaje sobre la explotación infantil y la sangre fría de los celebrity parents se ha desvanecido entre el vapor. No es tan pesado ni lleva a la reflexión ver a Suddenly Susan en paños menores y junto a una moto. A la audiencia promedio poco le importa la objetificación de la mujer. Es más, la proclama y prefiere sobre todos los elementos de publicidad que se le presenten. Pretty Baby en la bañera hubiera sido un golpe en el estómago, incluso nauseabunda para el espectador. Ya el crumpet lo tuvimos con La Cicciolina, y con las piernas abiertas de Cosey Fanni Tutti. Es más, entre todos esos adultos sexualmente activos y orgullosos, la pequeña Brooke nos hubiera llevado a la realidad y al lado oscuro de todo lo que brilla, es bello y se siente bien. Hasta vergüenza nos hubiera dado.

En lo personal, nada de lo que he mencionado me hizo querer rezar el rosario ni acariciarme en público. Encontré mucho más impacto en el caballo de Maurizio Cattelan. Al verlo solo, tirado en la sala, sentí pavor y asco. Luego pensé “el tipo es experto en la escultura hiperrealista y grotesca. Claro que es falso”. Verifiqué la cédula, y era un caballo de verdad. Muerto, con sus ojos fijos y su gesto de terror. Fue escalofriante. Fue genial. Al menos no me valió un cacahuate, que es lo peor que puede pasarle a una obra. Ni el cordero en formol de Damien Hirst me ocasionó tal efecto. Quizás porque el formol y su contenedor lo mantienen alejado del público. El Jesús Caballo está entre nosotros, sin barreras visibles.

Saliendo del morbo, vemos que lo nuevo de Hirst dejó de requerir de tanto animalito muerto para dar lugar a los humanos vivos. Un par de gemelos (seleccionados previa convocatoria) están sentados, cada uno bajo una pintura de puntos similar a la otra. Hay también lienzos llenos de oro y diamantes, que fueron vendidos a precios ridículos en plena recesión económica. Como que Hirst quería mofarse de la frivolidad del ser humano actual, quien busca el poder y la riqueza sin importar la hambruna del prójimo. Dicho prototipo – ¡oh, sorpresa! – cayó redondito en la trampa.

El show es lúcido, como había comentado al principio, por la dramatización en su curaduría. Hay una sala que es réplica perfecta de la Pop Shop de Keith Harring, con música a todo volumen y productos en venta a precios más o menos accesibles. La sala de Rob Pruitt y Walter Early, especializados en íconos de la cultura negra, tiene rap ochentero retumbando en sus doradas paredes. Entre los recuerdos de la tienda de Tracey Emin y Sarah Lucas hay fotografías, artículos, prendas confeccionadas por Emin, y hasta el letrero de “salí a comer”. Y la de Takashi Murakami es super kawaii, con sus figuras más reconocidas, tenis de diseñador, y un video de Kirsten Dunst con el cabello azul cantando “Turning Japanese” en el distrito de Akihabara. Con amor a todos los onanistas del oriente, para quienes nunca hay suficiente moe en el mundo.

¿Recuerdan el aire de París encapsulado en una botella por Marcel Duchamp? Pues este es el espíritu de los tiempos encapsulado en medio piso de la Tate Modern. Como hay piezas que el occidental ve y dice que no entiende, pasa lo contrario con mucho de lo que aquí se concentra: lo entendemos demasiado, o al menos nos parece familiar, gracias a su participación con los medios masivos y las aficiones del vulgo. ¿Que si los autores son prostitutos del arte por hacer esto? No lo creo. Los prostitutos hacen sólo lo que la gente les pide. Los call-boys son buscados por lo que les gusta hacer. Creo que estos personajes del arte contemporáneo son más parecidos a los call-boys, y no tiene nada de malo. Con sus expresiones y proyectos, cumplen con una demanda que es afín a los desarrollos tecnológicos y sociales, sin comprometer el contenido de su obra y sin perder una pizca de integridad en el proceso de divulgación.

Give us a kiss!

El mito del artista muerto de hambre que se come sus pigmentos y que sólo es amigo de prostitutas y borrachos, es más reciente que el de las superestrellas de la Florencia Renacentista. Que van Gogh haya sido miserable no significa que todos los creadores deban de serlo, con sus inauguraciones secretas, su pobreza extrema y sus ideas rebuscadas. El momento de ser alguien es ahora. Si vas por el camino incorrecto, dejas a un lado las RRPP, y te imaginas descubierto por jóvenes y escolares varios años después de tu muerte, de nada va a servir que no estés ahí para disfrutarlo.

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