Ira Contra La Maquina (desde adentro de ella)

En el Reino Unido, más que en ningún otro país de Europa o del resto del mundo, los Christmas number one singles han sido una tradición por décadas. La idea comenzó en 1952, cuando la revista New Musical Express publicaba caEl NME cuando tenia una pizca de credibilidad.da semana una lista con los sencillos más vendidos en la región. Pronto hubo una versión oficial basada en los listados del NME; y tanto los medios como la población prestaban especial atención a los ganadores en la semana navideña, pues era cuando los ciudadanos consumían más productos y utilizaban su capital en mayores objetos de afecto para sí mismos y sus seres queridos.

Hay que recordar que, en tiempos pasados, los sencillos eran vendidos por separado, sin necesariamente formar parte de algún álbum con canciones adicionales. Los jóvenes consumían más sencillos que EPs o LPs por su valor económico y por ser, al grano, los éxitos del momento – junto a uno que otro lado B. Ya a mediados de los sesentas, la importancia del álbum (a veces realizado bajo un sólo e inseparable concepto) fue mayor a la del sencillo; y esto siguió por varios años hasta este siglo, cuando generaciones con déficit de atención descargan solamente los temas que les interesan de manera “legal” o “furtiva”.

Por supuesto que el totalitarismo de las listas de popularidad, sobretodo las basadas en ventas, no son representativas de toda la nación. Más que del espíritu de los tiempos, el Christmas Number One nos habla del grupo social con poder adquisitivo y/o de los magnates que manipulan las preferencias de tal grupo.

Los cincuentas fueron de varones buenos y limpios, casi todos norteamericanos (o influenciados por los Estados Unidos), que mantenían contentos a los WASPs: Al Martino, Johnnie Ray, Dickie Valentine, Harry Belafonte. Los sesentas fueron de los hijos rebeldes de dichos WASPs, que casi le regalaron la década a The Beatles y otros actos relativamente escandalosos como Elvis Presley y Tom Jones. Los setentas fueron un juego de pelota entre lo placentero para padres de familia (Jimmy Osmond, Johnny Matis) y el nuevo “caos” que mantenía discotecas (Boney M) y estadios (Queen, Pink Floyd) llenos de jóvenes adultos. Los ochentas, atascados del altruismo de Band Aid, la castidad de Cliff Richards, y lo más family-friendly de Pet Shop Boys y Human League. Los noventas tuvieron lo que le gustaba a tu madre (Whitney Houston), tu hermanito (Mr. Blobby, Michael Jackson pre-escándalo) y tu hermana adolescente (Spice Girls, Westlife, East 17).

Claro, casi todo era una mierda lavada, enjuagada y procesada por empresarios de la música. Grupos creados en audiciones, personajes de televisión, hijos bastardos de Tin Pan Alley, con el verso-coro-verso libre de maldiciones. Muchas mentiras, o verdades a medias – Band Aid era sobre el hambre en África y no del hambre en, digamos, el condado de Durham. Pero al menos era distinta entre sí: mierda café, amarilla, negra, verde, dura, aguada, en bolitas… ya saben.

Pues esa diversidad no se vio en los aughties.

La primera década del 2000 estuvo dominada por productos de reality shows. Girls Aloud, el resultado de Pop Stars, tuvo la navidad del 2002. Pero después de dos años de quasi-descanso (2003 con la hermosa Mad World interpretada por Gary Jules y Michael Andrews, y 2004 con Band Aid OTRA VEZ con la misma canción de siempre), comenzó la tormenta: Shayne Ward, Leona Lewis, Leon Jackson, Alexandra Burke. Todos ellos, ganadores de X Factor, concurso engendrado por Simon Cowell para dar a conocer sus “descubrimientos”. Inocuidad, emociones baratas y voces uniformes. Todavía el año pasado fue de la Burke y su soporífero cóver de Hallelujah, sin la original melancolía de Leonard Cohen ni el desgarramiento de la versión de Jeff Buckley. La tiranía de Cowell y sus chicos era tal que las apuestas se hacían acerca de quién sería el SEGUNDO LUGAR en la lista navideña. De seguro la economía de todo Reino Unido estaba en manos de una parvada de frígidos oligofrénicos que se alimentan de la televisión casi con embudo. Igual o más idiot-savants que cualquier fan de La Academia. Y si es que había alguien que pensara lo contrario, alguien que estuviera enterado y harto de tal monopolio, ¿por qué no hacía nada al respecto?

Este año, la historia sería distinta. Jon y Tracy Morter crearon un grupo en Facebook en el que convocaban a los usuarios a comprar en línea el sencillo Killing in the Name (1992) de Rage Against the Machine y derrotar a Joe McElderry, reciente estrella de X Factor. El 2008 habían tratado de hacer lo mismo con Never Gonna Give You Up de Rick Astley y llevar al rickrolling a un máximo nivel. Fue hasta ahora, que esta y otras redes sociales tienen alcances inimaginables, que la campaña llegó a un mayor número de personas dispuestas a demostrar su fastidio. Más de 500 mil copias fueron vendidas; y rompió récords como el primer número uno disponible sólo por medio de descargas, con el mayor número de ventas en una semana.

¿Pero es esto un logro absoluto de las masas contra las clases? Sí y no. Sí, porque la convocatoria demostró que no todos los británicos eran fervientes de Cowell, y que los programas de realidad estaban muy lejos de demostrar la misma. Rage Against the Machine es un grupo famoso por sus temas de protesta; con letras que hablan sobre la opresión de ciertas minorías, la brutalidad policiaca, la explotación laboral, y el abuso de poder por parte de pocos privilegiados. Son orgullosos zapatistas, han colaborado con numerosas campañas, y no temen maldecir en señal abierta. PERO este acto no es una revolución completa. RATM es parte de Epic Records, disquera de Sony Music, donde labora Simon Cowell y donde firma a toda su descendencia. En cierta parte, las ganancias benefician al juez enojón, aunque haya calificado de “estúpido” al movimiento.

Más significativo hubiera sido que el ganador fuera un artista o grupo de relativa oscuridad. Alguien bajo sello independiente, quizás autoadministrado, con algún tema de broma o en serio. Varios ejemplos se me escapan de la mente, pero no podemos hablar de un coup d’etat musical por parte de la población común si su estandarte no proviene de la misma.

Es lindo lo que hace RATM por varias causas, aunque se les tache de hipócritas por ganar dinero a través del riot. Pero no lo nieguen: es el sueño de muchas cajeras de día, radical cheerleaders de noche. Y es un sueño hecho realidad que una canción non grata para los WASPs de los que hablábamos al principio esté en el número uno de la lista de popularidad más importante del año. Así que podemos hablar de un triunfo a medias, pues nos acordamos que la palabra “popularidad” viene de “popular” que significa “del pueblo”. Y es un alivio saber que no todo el pueblo emite su opinión, si es que lo hace, en modalidad zombie.

Baby steps, baby.

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