No te creas el hype: reseñas instantáneas para éxitos instantáneos.

El lunes en la noche fui a ver Avatar, la nueva paja mental de James Cameron. A Cameron se le recuerda y ama/odia por trabajos como la saga de Terminator y el dramón me-cago-en-quienes-verdaderamente-murieron-en-este-evento que fue Titanic. Hablar sobre la trama, los protagonistas, y el escenario, estaría un poco de más. Nos ha sido imposible no informarnos al respecto gracias a cápsulas en noticieros, desplegados en medios impresos, o comentarios de nuestros conocidos en línea y en persona. Quizás nos ha salido un personaje en la Cajita Feliz; o fuimos a ver el teaser de media hora a cualquier cine del mundo.

La historia parece manipuladora a más no poder. A punta de pistola, te piden que llores. Con la flecha dirigida hacia tu cabeza, te piden que ames a los buenos – muy buenos – y que odies a los malos – muy malos. Ese es mi principal problema: la unidimensionalidad de los involucrados. Tal vez la doctora Grace (Sigourney Weaver) tenga algo de genia enojona, pero esto en sí ya es un estereotipo. Al igual que el del paralítico que es puro por default (¿entienden? Porque nadie se tiraría a un lisiado, jojojojo, :/) y que sólo puede sentirse como sí mismo cuando está en su Avatar y tiene piernas. Si yo requiriera de silla de ruedas para moverme de un punto a otro, me sentiría bastante ofendida con este mensaje. Les recomiendo este artículo sobre el superhéroe y el supercrip, para ya no hablar más al respecto.

Los efectos especiales, eso sí, están fabulosos. Si un viajero de 1890 llegara a una de las salas donde se exhibe la película en 3D, se muere de un infarto fulminante. O de una eyaculación violenta. Y aunque la trama sea mala, funciona entre la audiencia promedio por lo mismo que la hace mala: las emociones baratas, los buenitos contra los malitos, y el hecho de que te recuerde a todas las películas que hayas visto en tu vida. Hay ratos en que es tan mecánica como Top Gun, tan hippie como Ferngully, tan amor-entre-clases-distintas como TODO LO QUE HAYAS VISTO ANTES, o tan run-to-the-hills como la Pocahontas de Disney. A algunos les gusta lo predecible y lo que deja lugar al escapismo. El cine es escapismo en sí. Incluso los documentales. Hay quienes los ven para asegurarse que sus vidas no son tan horribles como las de los niños en África. Así que si buscas perderte entre plantas que brillan en la oscuridad y extraterrestres que se besan (y fornican) como los seres humanos, ve con toda confianza. Si quieres tu sobredosis de realidad, mejor gasta tu tiempo/dinero en la que sigue. ¿O no?

Precious está ligeramente basada en la novela Push de la poeta norteamericana Sapphire. Digo “ligeramente”, porque la versión de la pantalla grande tiene poco que ver con el libro del que sale. Precious es una adolescente negra y gorda que vive en un departamento en Harlem. Su padre la viola en repetidas ocasiones. Su madre la golpea porque cree que la chica “le ha robado a su hombre”. Por estar embarazada de su segundo hijo, la corren de la escuela; mas es transferida a un centro de aprendizaje alternativo. Precious no sabe ni leer, pero tiene potencial.

Hasta aquí llega la fidelidad de Precious con Push. Lo que vemos en la cinta es un cuento de hadas lleno de optimismo y fantasía. Meten con calzador un pseudo-interés amoroso (el enfermero Lenny Kravitz) que no estaba en la historia original, y convierten a compañeras poco importantes en sus BFFs. Casi no notamos el progreso ortográfico de la protagonista, además que se nos priva de varios flashbacks y momentos importantes que son reemplazados por excesivos sueños despiertos estilo Dancer in the Dark. Lo repito: excesivos. Poquísimo valor se le da al triste giro que toma a mediados de la historia. El final del libro es como una pálida luz de esperanza: Precious leyéndole un cuento a su nuevo bebé en la casa de asistencia, prometiéndole salir adelante, quizás rescatar a su primera hija. Al final del filme, este rescate se lo ahorra su enloquecida madre, quien le deja a la niña en una dolorosa reunión con la trabajadora social (cena navideña a comparación de la consulta en el texto) y la ve partir con su familia completa y aún llena de dignidad.

Gabby Sidibe es convincente con el rol principal. Hay que mencionar que, en la vida real, es tan brillante como Precious en su imaginación. A Mo’Nique la odias como la señora Johnston, pero no tanto como a la que viene en Push. Hasta tiene más flow que el personaje escrito. Todos usan unas ropas ochenteras dignas para ir al Topaz, y la música – salvo la versión girlpoweresca de Gangsta’s Paradise – le queda como un guante al contexto de tiempo y espacio. Y Mariah Carey se ve mejor como consejera fachosa que como intento de vedette. Hasta actúa mejor que en Glitter.

Por lo mismo que comentaba en Avatar entiendo el por qué de la adaptación tan libre y alegre. Corría el riesgo de terminar como blaxploitation si fuera demasiado fiel al escrito. Pero tampoco era necesario borrar escenas completas que nos hubieran ayudado a entrar mejor en sus zapatos. Si yo fuera la autora, hubiera exigido la corrección de estos errores. Ella no lo hizo; de hecho, sale en un cameo casi al final de la cinta. Pero si gente como Alan Moore se ha pronunciado en contra de excelentes versiones cinematográficas de su obra sólo por ser un tanto más épicas y/o cursis que las novelas gráficas en las que se inspiraron, ¿por qué Sapphire, una mujer con tantos calzones como activista, prestó su nombre y su rostro pero no su presencia?

Mejor bájenla de Internet. O esperen a que salga en Hallmark Channel. Pero antes no dejen de leer el libro, para contar con un punto de comparación.

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