Sobre niños escapistas.

“Remember: children are strong, they’re resilient, they’re designed to survive. When you drop them, they tend to bounce.”
Terry Gilliam

Este fin de semana acaba de “estrenarse” en México el filme Where the Wild Things Are. Lo digo entre comillas, pues lleva semanas en los videoclubes y meses en la Internet. Ya medio Monterrey la había visto, pero yo esperé como Jonas Brother (con todo y anillo de castidad) hasta que llegara “el momento correcto”.

Esta cinta, ligeramente basada en el cuento homónimo de Maurice Sendak, es uno de tantos ejemplos de escapismo infantil en el cine occidental. Puedo mencionar unas cuantas películas en la que nos topamos con niños que, para lograr sobrevivir la turbulencia de sus vidas reales, se sumergen en mundos e historias paralelas que sólo existen dentro de sus cabecitas locas.

Todos conocemos las historias que escribió Lewis Carroll a la niña Alice Liddell. Han sido adaptadas decenas de veces a la pantalla grande y a la televisión, cada vez con resultados varios. En común tienen, como en la historia original, el hecho de que todo es sólo un sueño. No hay nadie, en la vida diaria, que Alice pueda alucinar como un conejo, una Reina Roja, o un Sombrero Loco. Quizás fueron caricaturas de la sociedad y política durante el periodo victoriano, pero absolutamente todo sucede en la mente de la pequeñuela.

Esto no lo vemos en Tideland. Mitch Cullin escribe sobre una Alice en el mundo (demasiado) real: Jeliza-Rose, una hija de drogadictos que se ha quedado repentinamente huérfana. Terry Gilliam, el “gringo” de Monty Python, lleva este libro al cine bajo su peculiar sentido de la estética. Fuera de toda explotación y de convertirla en una triste historia sobre una “pobre, pobre niña”, Gilliam la presenta como una mágica y fantástica aventura.

Jeliza-Rose juega con sus amigas, unas cabezas de Barbies que tienen personalidades y voces distintas. Se encuentra con una voluble señora tuerta, a quien a veces considera bruja y otras veces reina. El hermano de la señora, un joven adulto lobotomizado y fantasioso, termina siendo su primer amor. La situación es torcida si la contemplamos con los mismos ojos que ven piezas asquerosas y deprimentes como las que abundan en el quesque “cine de culto” o “de autor”. Pero, si lo vemos con la inocencia de un niño, o como la misma Jeliza-Rose, la vida no deja de ser un fabuloso juego. Casi un cuento de hadas. Un caso en el que se rescata todo lo bello que se oculta entre las adversidades. Las flores entre la mierda.

Otra historia que salta del libro al cine es Mysterious Skin, de Scott Heim, y adaptada por Gregg Araki. Durante su infancia, Neil y Brian son abusados sexualmente por el entrenador de su equipo de béisbol, y toman el incidente de maneras polarmente opuestas. Mientras que Neil se enamora sin remedio del coach y crece como un hipersexualizado prostituto adolescente, Brian bloquea el incidente de su mente e insiste que fue abducido por los extraterrestres. Le sale sangre de la nariz por una vieja herida, y otra freak lo convence que ahí fue donde los alienígenas metieron un chip para rastrearlo. Casi no tiene amigos, es un asco con las chicas, orina la cama y se desmaya. Obvios síntomas de estrés post-traumático, causado por cualquier otra cosa.

La fantasía no es tan divertida como la de Jeliza-Rose, ni como la de Max, ni como la de muchas otras historias que involucran a niños en mundos paralelos y perpendiculares. Sin embargo, salva – en extremo – la inocencia de Brian. La idea se convierte en su afición y su adicción. Ve programas al respecto, dibuja seres espaciales, y registra sus sueños en un diario. Cuando finalmente se encuentra con Neil, y éste le confiesa lo sucedido con lujo de detalles, su mundo se hace añicos. Llora y se desangra entre los brazos de su compañero, en la misma casa donde ocurrieron los hechos, con un coro entonando villancicos frente a la puerta. Nos hace preguntarnos si es mejor consagrarse a la ilusión, o crecer bajo la sombra de un espantoso secreto.

Algo así como la pastilla roja y la pastilla azul de The Matrix, pero sin tanta mamada filosófica.

Ahora, Where the Wild Things Are. En el libro de Sendak, se nos explica que todo es un juego. Max imagina que los ríos brotan en su cuarto, que surca hasta llegar a la isla de sus peludos amigos, y que regresa a casa sin siquiera salir de ella. Jonze lo transforma en un evento real. El niño se fuga de su casa, corre hasta llegar a un bote real en un cuerpo de agua real, y se va a una isla que sí existe, con monstruitos que sí existen, y con los que vive varios días. Se harta, vuelve a viajar en bote, y corre hasta volver con su mortificada madre. Nada sale de su cabecita. Nada. Todo es parte del realismo mágico de las cintas de Jonze.

Otra cosa que nos encontramos en este arreglo: Max cambia de una familia disfuncional a otra. Vive con su rebelde hermana, y con una solitaria y divorciada madre que espera con ansias su segundo aire. Pero, cuando llega a la isla de los monstruos, se encuentra con la verdadera Familia Peluche. Carol es un ser impulsivo que quiere reunir a su comunidad de nuevo, Judith es una “downer” que te deprime con sus palabras hirientes, Alexander es la cabrita a la que literalmente nadie escucha, Ira es el novio a quien Judith demuestra su amor a golpes, Douglas es el perico que casi siempre apoya a Carol, y KW se va y viene cada que pelea con la manada. Tienen un humor negrísimo, sus discusiones son épicas, y esperan con fe ciega que Max lo solucione TODO. La isla de los monstruos es un simulacro de lo que se vive en casa, y una prueba para que el niño sepa lidiar con conflictos (es bastante chiflado) una vez que vuelva a la tierra de los humanos. Claro que funciona: ejercita su iniciativa propia, crea proyectos que ve tomar forma, se pone en los zapatos del otro, y aprende a amar a alguien que no es él mismo.

POR SUPUESTO que estas películas no son para niños. POR SUPUESTO que no quieres que tu hija de tres años vea cómo un monstruo le arranca el brazo al otro en un ataque de ira. Así que mejor ni te molestes en llevarla a ver Where the Wild Things Are. Obviamente, tampoco le rentes Tideland ni Mysterious Skin. Hay ejemplos de filmes sobre niños en sus mundos maravillosos que sí son para niños. Recomiendo Spirited Away y The Cat Returns de Hayao Miyazaki, y la saga de The Neverending Story. No hablo de ellas porque, la verdad, no tienen tanta acidez ni crudeza como Max y sus monstruitos. Las comentaré en otra ocasión.

¿Otros ejemplos, clasificación A, B o C, en las que se vea algo similar?

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2 Respuestas a “Sobre niños escapistas.

  1. -A Little Princess.
    -The Secret Garden.
    -Ponyo (*plus, mensaje ecológico).
    -The Empire of the Sun (sí, la peli, no el grupito hipster).
    -Grave of the Fireflies (*inclúyase paquete de pañuelos desechables).

    Creo que hay más pero el sueño me nubla la memoria

  2. Pingback: Inception, y así « Chica Pop de Mierda·

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