El Diablo, el Oso y la Maldición. Parte 1: Tarnation (2003)

Exacto. Otra pinche serie sobre películas que se parecen. O que tienen algo en común. Sorpresa, sorpresa.

Acabo de ver Tarnation. Y con “acabo de ver”, quiero decir “acabo de sacar el DVD del reproductor”. Cualquier cosa que diga al respecto se basará en mi reacción inmediata, y en ese tipo de impacto post-peliculero que te afecta cuando verdaderamente pones atención a una película y no la tienes sólo como fondo.

Tarnation es un documental del 2003 dirigido por Jonathan Caouette y protagonizado por él, sus parejas, sus amigos, y su familia. Énfasis en su familia. Mayor énfasis en su madre, a quien ha estado siempre apegado sin importar que los separen distancias físicas y mentales. Renée Leblanc era una linda niña tejana que salía en revistas y comerciales, y que llevaba una vida normal junto a sus padres Rosemary y Adolph. Un mal día, cayó de pie desde el techo de su casa, y quedó paralizada por seis meses. Como no hubo fracturas ni daños palpables, los padres estaban convencidos de que su parálisis fue psicosomática; y, mal guiados por los doctores de aquellos tiempos, la sometieron a constantes electrochoques durante dos años. Después de eso, ya nada volvió a ser igual. Los tratamientos hicieron que Renée desarrollara algo parecido a la esquizofrenia paranoide.

Tras un fugaz matrimonio, Renée dio a luz a Jonathan. Un mal episodio la dejó en la cárcel y en diversos centros psiquiátricos, por lo que Adolph y Rosemary cuidaron del niño. Desde chico fue un apasionado del cine, el teatro, la televisión y la música. Grababa audiciones imaginarias con su cámara Super 8. Con la misma, perseguía a sus abuelos y amigos. Y veía sus películas favoritas una y otra vez. Se sabía abiertamente gay, y hacía performances a micrófono abierto en un club nocturno. Con amigos de ahí, hizo sus primeras cintas; y con su primer novio, organizó un fabuloso y pequeño musical basado en Blue Velvet de David Lynch, pero con canciones de Marianne Faithfull.

Pero, entre esto y lo otro, fumar mariguana adulterada con PCP y otros químicos dejaron su mente en un estado de disociación. Estaba enloqueciendo casi como su madre. Rompía objetos, insultaba a sus abuelos, e intentaba suicidarse cada semana. Fue internado en centros psiquiátricos, pero tratado con menos violencia que Renée. Con el paso de los años fue controlada la situación. Jonathan se fue a Nueva York a los 25 para seguir su ideal de ser actor y director, ganó unos cuantos papeles, y se topó con el amor de su vida.

No. No hay final feliz. De hecho, esto no es el final, sino el principio de la verdadera historia. El filme comienza con Jonathan histérico al recibir la noticia de que su madre había sufrido una sobredosis de litio. A esto le sigue todo lo que ya les he platicado, con fotos, audio y video.

Lo que llama la atención de Tarnation es que no es un documental cualquiera donde los participantes son entrevistados ni donde las situaciones son dramatizadas por actores que no se les parecen. Como he dicho hace unos cuantos párrafos, Jonathan filmaba su existencia desde la preadolescencia. Lo vemos pasar de un niño precoz que recreaba fuertes narraciones sobre mujeres golpeadas, a un adolescente que hacía cortometrajes grotescos y surrealistas, a un fanático de la pantomima que movía los labios al ritmo de alguna canción, a un adulto que se sabe documentarista de lo que sucede a su alrededor. Todo viene de boca de quien lo vive, sin intermediarios de por medio, y en el momento preciso.

Claro que, por la situación económica, no iba a estar grabando cada instante de su existencia las veinticuatro horas del día, como reality show contemporáneo. Claro que Jonathan tomaba la cámara cuando se encontraba en el mood o, como notablemente ocurría ya como adulto “experimentado”, cuando la ocasión lo ameritara. Onda “goey, prende la cámara porque estoy llorando”. Esto lo sabemos quienes vivimos en tiempos de YouTube. Cuando nace la oportunidad de un rant, o cuando se ve que una escena memorable está a punto de comenzar, el youtubero oprime la tecla de “REC” sin pensarlo dos veces. Detractores de la cinta dicen que no hay diferencia entre ella y lo que te encuentras en el famoso portal. Pero hay que recordar que el acervo es varios años –incluso décadas- anterior a la existencia de YouTube – y a la cuasidemocratización de la Internet.

Hay quienes señalan que todo esto es un egotrip bastante hipócrita y estúpido, o que Jonathan quería “quemar” a su madre o a sus abuelos. Poner a la audiencia en contra de ellos. Para nada. Hasta la forma en que los retrató me pareció muy tierna y llena de amor. Tal y como eran, pero a través de los amorosos ojos de su hijo o nieto. Hay un momento en que Renée comenta que sus padres la maltrataban de niña, pero nos quedamos con la duda de si fue verdad o no. El propio cineasta no sabe en qué creer, y le comenta a Adolph todo lo que ella le había dicho, junto a comentarios claramente influenciados por su situación mental. Le sugiere que, entre los delirios, podría asomarse algo de verdad. Pero hasta ahí. Lo que no perdona es que la hayan sometido a tratamientos psiquiátricos cuando todavía estaba sana. Y le mortifica, como nos menciona casi acabándose la cinta, que varias personas pasen por lo mismo. Aquí lo que queda mal son las malas decisiones y los diagnósticos. Las personas no quedan ni mal ni bien, sino como lo que son: seres amados, pero llenos de defectos.

¿Y qué si es visto como un egotrip? Es un documental autobiográfico. ¿Querían que les hablara sobre los pingüinos en el Ártico, o qué? Jonathan habla de sí mismo y de quienes lo han construido en lo que es ahora. Verdaderos egotrips los de Vincent Gallo, quien dirige y protagoniza ficciones creadas casi exclusivamente para que las chicas bonitas le hagan favores.

En Tarnation, el registro y uso de archivo de más de dos décadas logró:
1. Que se economizara bastante en la producción. Jonathan Caouette gastó poco más de doscientos dólares – pre-inflación – y se hizo valer del iMovie para editarlo. Eso es muy obvio en las escenas con texto. Pero las imágenes y las palabras son cautivadoras y desgarradoras por sí solas, sin que se usaran fuentes tipográficas descabelladas o carísimos efectos especiales.
2. Que la historia se sintiera mucho más real y dinámica que si te la narrara la voz en off de algún pelmazo hollywoodense; o que si Adolph, Jonathan, biógrafos y doctores horribles se sentaran en un set oscuro y tuvieran la oportunidad de tergiversar los testimonios. El acto en sí es un testimonio. El momento en vivo es una escena.
3. Que la audiencia tuviera la oportunidad de identificarse con/enamorarse de/conocer a los participantes tal y como son registrados, y no como lo platicarían ellos (o sus médicos y contactos) de manera premeditada y sesgada.

Esto se ve en el próximo filme de esta serie de textos, que si bien tiene una estructura más parecida a la del documental particular, cuenta la preciosa fortuna de que su protagonista haya archivado casi toda su vida en videos y cassettes.

Segunda Parte: The Devil and Daniel Johnston (2006)

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