Cuelga al pinche diyei.

Una ocasión, en una noche de vendimia en el antes Garage (ahora Workshop), Paulino ponía discos para amenizar el evento. Ciertas personas lo rodeábamos, contemplábamos los viniles y casettes que ponía en venta, y le pedíamos complacencias al instante. Pronto llegó Puny, también con discos para vender, también hermosos y coleccionables. Uno de ellos era la versión de acetato del álbum You Are The Quarry de Morrissey. Para algunos puede ser un poquito pedante vender o comprar viniles de productos lanzados en tiempos del CD/MP3, casi como imprimir una fotografía digital en blanco y negro y tratarla como de antaño. Pero al diablo. El Puny puso el disco, y le pedimos “First of the Gang to Die”.
– Ash, otra vez mi canción. – medio repelaba Héctor Ricardo. Le echaban carrilla porque, en el tema, Héctor fue el primero de la pandilla en morir.
Alguien por ahí comentaba que en esa canción se notaba lo mucho que Morrissey se acercaba a los chicanos. Que desde que vive en Los Ángeles, se le ve con puro cholo.

He estado leyendo IV, el cuarto (duh) libro de Chuck Klosterman. Es un conjunto de ensayos en los que Klosterman reproduce las entrevistas más peculiares que ha hecho en su carrera, presentadas con unos cuantos párrafos para dar contexto a las situaciones. En uno de estos ensayos, comenta que los de SPIN lo mandaron a una convención de The Smiths en Los Ángeles, nomás para “encontrar algunos freaks”. Lo que ninguno sabía, es que la gran mayoría de estos freaks eran méxico-americanos.

“A veces me acuesto en mi recámara y escucho ‘There’s a light that never goes out’, y lloro. Lloro, lloro y lloro. Lloro como una cabroncita, hombre”, le confesó un gigante del East Side. Otros más bailaban enloquecidos, compraban mercancía, y disfrutaban de una banda tributo que había sido traída de Irlanda. Klosterman se imaginaba rodeado de blanquitos treinteañeros con cuello de tortuga comentando cómo escuchar a los Smiths les impidió suicidarse mientras todos los demás estaban en el baile de graduación. Pero no. El 75 por ciento de los asistentes a la edición de esa convención, durante dos días de abril del 2002, estaba conformado por adolescentes de ascendencia hispana.

Klosterman se refiere a esto como un megafenómeno. Como lo más raro que se haya encontrado en mucho tiempo. Aunque nos parezca de lo más común, y algunos regiomontanos se mueran por armar una convención de dicha magnitud, hay que recordar que Los Smiths y Morrissey pasaron casi sin pena ni gloria en los Estados Unidos. En Reino Unido siguen siendo enormes entre círculos de artistas e intelectuales, gente del subsuelo, y padres de familia que te daría envidia tener; mas la prensa británica se refiere a Moz como una caricatura miserable. Le siguen debiendo prácticamente la vida, pero no dejan de hacerle roast. En Estados Unidos, por otro lado, no los ven más que como un vago recuerdo de lo que fueron los 80s. Basta recordar aquel épicamente fallido episodio de Bands Reunited donde un conductor pelmazo quiso realizar un reencuentro, como si no supiera sobre las diferencias irreconciliables entre Moz y Johnny Marr – a quien los fans latinos en la convención de L.A. aparentan ignorar. Bands Reunited era experto en juntar y no juntar a bandas del calibre y trascendencia de Vixen e Information Society. Del otro lado del río Bravo, los genios de The Queen is Dead y Meat is Murder son arrumbados junto a llamaradas de petate que todavía nos hacen bailar y cantar, pero que no podemos decir que “conmueven nuestras vidas”.

En México es distinto. Morrissey no es tan “household name” como en Reino Unido – dudo que Andrea Legarreta o Brenda Bezares sepan quién es, cuando aquí hasta la misma pinche Jordan lo reconoce con tan sólo mirarlo -, pero no tan menospreciado como en Estados Unidos. Hay muchos mexicanos que lo aman, y que lo aman mucho. Hay quienes decidieron hacer música – buena o mala – gracias a los Smiths. Hay quienes lloraron cuando finalmente tocó en México. Y hay quienes, por más anacrónico que parezca, compran sus álbumes nuevos en vinilo.

Quizás aquí no sea tan “cholos que aman a Morrissey” o “greasers que aman a Morrissey” como en aquella convención. Gente con o sin tatuajes, con o sin barba, con prendas comunes y corrientes, de todo status social, y de todas las edades, se encuentra conectada por su afinidad al conjunto de Manchester y/o (aunque casi siempre “y”) al señor solista. ¿Pero por qué tanta conexión? ¿Por qué es tan particular entre los mexicanos?

En el mismo ensayo, Chuck y los fanáticos sugieren que sea porque comparten algo en común en su vida personal. La familia de Morrissey emigró de Irlanda hacia Inglaterra, y fueron alienados en su hogar adoptivo. Las familias de estos admiradores cruzaron la frontera de México a Estados Unidos, y ya todos hemos leído/visto/sabido/vivido aquello a lo que se enfrentan por allá. Los dos se sienten de ambos lugares, pero de ninguna parte. Moz dice que tiene “sangre irlandesa, corazón inglés”. Cada chicano pondría el mismo enunciado, de acuerdo a su situación, en distinto orden.

¿Y los mexicanos cien por ciento mexicanos? Por cursis. “Somos gente apasionada. Él es apasionado como nosotros”, le dijo a Klosterman una chica a las afueras de la convención. “La música que nuestros padres tocaban cuando crecíamos fue siempre sobre amor y emoción, y es lo mismo con Morrissey.” El mexicano es un romántico desvergonzado. Ve telenovelas sobre amores imposibles (con finales felices), ve películas del cine de oro también sobre amores imposibles (con finales trágicos), escucha y canta boleros acerca de lo mismo, y cuenta leyendas sobre enamorados asesinados o suicidados. A diferencia de otros países, en México ves parejas haciéndolo todo en público: tomarse de la mano, besarse, fornicar entre los arbustos, proponerse matrimonio, pelear, estallar en llanto. No sólo somos románticos como la niña de Carrusel de las Américas, sino que somos románticos en el sentido idealista y nostálgico de los escritores alemanes (y pintores -¿qué creen?- británicos) del siglo XIX. Quien haya leído a Octavio Paz, lo sabe. Está en las fiestas, en la embriaguez, en los recuerdos, y en la forma que tratamos a la vida y a la muerte.

Lo bueno es que la relación Morrissey-México no es de amor no correspondido. El mismo gigante que llora con la canción esa del camión de dos pisos le dijo a Chuck que Moz comentaba en sus entrevistas que siempre le hubiera gustado tocar en México. Otro fan dijo que, en un concierto, le tocó que dijera que deseaba “haber nacido mexicano”, pero que era “demasiado tarde”.

La verdad, no creo que mientan. Cuando tocó en Monterrey, preguntó arrogantemente a la audiencia: “¿no notan que ‘Morrissey’ y ‘Monterrey’ suenan casi igual?”. La gente se cagó de la emoción. Así que vivimos en Morrissey… o somos de Morrissey.

P.D. Hay un documental sobre lo mismo: Is It Really So Strange? de William E. Jones. No lo he visto, pero hay una reseña en The Guardian. Hay también otro, de menor duración, llamado Viva Morrissey! – como el reportaje de Klosterman – y dirigido por Jessica Hundley.

P.D. 2: Una noticia en Telemundo cuando se presentó dos semanas seguidas en el Hollywood Palladium. Qué Luis Miguel ni qué la chinchurria:

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