De cerca: Isle of Wight Festival 2011 (Domingo)

El verano inglés es un verdadero verano peligroso: por estos meses uno nunca sabe cómo va a estar. Mientras el sábado estuvo soleado y seco, el domingo no dejó de llover, y tuvimos que caminar sobre centímetros de lodo escurridizo, mezclado con basura y desechos corporales de las decenas de animales que no quisieron usar urinales – y de al menos un par de hipstercillas que nos tocó ver cagar entre los arbustos. Lo bueno es que el día que estuvimos en exteriores hizo un clima hermoso, y cuando vino la lluvia nuestro plan era pasar el día en el Big Tent. Los dioses son sabios.

Ese domingo despertamos escuchando a James Walsh mojarse en el Main Stage. Los de sonido eran unos pelmazos. Mientras que sus temas ‘de solista’ casi no se oían, le subían a todo el volumen a los coros de sus canciones con Starsailor. Y le bajaban en los versos. Lo malo es que, después de empaparse y ser tratado como vil malviaje del pasado en el Main Stage, tendría que volver a recrear lo mismo en acústico cinco horas después en el Garden Stage. Otra vez mojado, otra vez malviajado en el pasado. Parafraseando a Richard Hammond: ‘imagínate despertar y recordar que eres James Walsh…’. También escuchamos a Two Door Cinema Club. Esos hipsters, todos iguales. Y cuando comenzó a cagarla Pixie Lott – con todo y, como después nos enteramos, disfraz de hippie -, supimos
que era hora de marchar al Big Tent.

Ahí estaba Nick Lowe, un viejito cantando lindas canciones de country llenas de amor. Buena excusa para abrazarse y todo eso. Con señores, señoras y niños que después tuvieron que hacerse a un lado. ¿Por qué? Porque seguía Hadouken! Sí. Así se escribe. Con signo de admiración, como lo diría Ken en Street Fighter II. Estos batos me sorprendieron. Aparte de llevarse medalla de honor en humildad por hacer su propio chequeo de sonido, se veían verdaderamente emocionados. No sé si el vocalista estaba demasiado contento, o si era el tamaño de su boca, pero podías ver que no se la creía. Hace como cuatro años nomás tres güeyes de MySpace y yo los conocíamos. Y uno de esos güeyes era la mamá del bajista. Ahora estaban diciéndole a los chamacos que ‘hicieran girar la maldita lavadora’, que sacaran toda la energía (¿el fua?) y que ‘I wanna take your mind and soul straight to the core, straight to the bum’. Qué bonitos mensajes, maita.

De ahí siguió Cast. O como diría John Power (vocalista y ex-The La’s) con su acento de Liverpool, Khjast. Otra banda de reencuentro, elemental y oscura en la historia del indie y el britpop, tocando como si nunca se hubieran separado. Seguro los han de haber oído alguna ocasión. Si no, busquen ‘Finetime’, ‘Sandstorm’, o ‘Walkaway’. Nombres compuestos, ¡sí!

Después, y a diferencia de los megamixes pastosos y canciones de bandas involucradas que ponían con calzador entre acto y acto, siguió una finísima selección de punk y post-punk. Venían a la audiencia otras señoras, pero no como las que disfrutaban a Nick Lowe tiempo atrás. Estas señoras tenían su historial sacado de This is England. Te decían que tu bato era ‘un keeper‘ porque te daba oportunidad de sentarte un rato. Te hacían sombra para que los borrachos no se tropezaran contigo. Fumaban a escondidas y tomaban de lata contrabandeada. Le hacían bolita a una muchacha para que pudiera orinar ahí mismo. Estas señoras venían a ver a Public Image Ltd.

Comenzaron con su tema homónimo, por supuesto. John Lydon se notaba cada vez más molesto. En otro arranque de huevos, a la segunda canción decidió interrumpirlo todo y quejarse del pésimo sonido. Decía que no era lo justo para nosotros, y que iban a discutirlo con los del sistema. Se fueron unos diez minutos a enderezarlos a chingazos. Algunos en la audiencia no aguantaron, y se fueron mejor a ver a Beady Eye y a Kasabian. Se lo perdieron. Nos movimos más adelante, hasta la cuarta fila, entre un montón de locos chicos noventeros que brincaban, tomaban y usaban cachucha invertida. ¿Recuerdan cuando ese tipo de gente era de lo más molesta en los festivales y conciertos? Pues, a comparación de los Naranjas y Britreyes, eran normales y divertidos. Más que el matrimonio psicópata VIP que nos tocó tener adelante.

El tonificado y hermoso marido quería irse a ver a Kasabian. La rubia y hermosa mujer quería quedarse bajo techo. El marido la jaloneó y le escupió en la cara. Ella se puso a llorar durante todo ‘Death Disco’. Él la seguía viendo, con ojos que gritaban homicidio. Siguieron peleando hasta que nos seguimos moviendo hasta segunda fila. Teníamos adelante una leyenda, dedicando temas a Malcolm McLaren y a su hija, Ari Up, a quien todavía extrañaba. Pero también teníamos violencia doméstica. Teníamos una banda independiente que vendería el concierto en CDs inmediatamente después del evento. Y también, violencia doméstica.

No era la primer pelea que veíamos. Fuera de pubs, en estaciones de trenes, hemos visto parejas alejarse y jalonearse, aventarse chamarras, latas, escupirse, golpearse. Pero en esos lugares, se trataba de separarlos. Hasta los borrachos más imbéciles insultaban a los novios o maridos que golpeaban a las chicas. Las defendían. Pero en ese caso, no. ¿Por qué? Porque eran VIP. Quizás famosos. Y no necesitaban eso en su historial.

Llegamos a primera fila, junto a ellos. Ahora preparaban el escenario para Manic Street Preachers, y la mujer saludaba a un roadie. Hacía segundos estaba llorando y gritándole cosas al marido en la cara. Pero ahora reía y bailaba con la patética música de intermedio que había vuelto. Saludaba al roadie. Saludaba a un guardia, a quien le dijo entre risas que su marido le había escupido sin querer. Traía una gigantesca roca en el dedo anular izquierdo, y encima de ella una bien pulida argolla. La discusión fue tan horrible, que yo me lo hubiera quitado y lanzado a la multitud. Pero nunca sabes con estos VIP. Nunca sabes con estos fans del diamante, de los nombres compuestos, de los baños con palanca y rollo, de las chamarras SuperDry, de las tarjetas de presentación. Esta gente prefiere la muerte.

Saludaba al roadie. Saludaba al guardia. Me saludaba a mí. Quería bailar conmigo al ritmo de algún remix pedorro. Quería que me moviera más a la derecha, porque la estaban aplastando. Duh. Es un concierto. Te van a aplastar. Al lado de mi pareja, estaba una señora discapacitada siendo cuidada por su hija. No podíamos hacernos a la derecha porque la aplastaríamos a ella. Ya su gente aplasta a esa gente en sentido figurado en la realidad sociopolítica mundial, ahora quería hacerlo en sentido literal. No le dejamos. Ella repelaba. Ahora era yo quien quería jalarla y escupirle en la cara. Por distintas razones, claro. Entonces el marido se la llevó al matadero a ver a Kasabian, y nos pudimos acomodar mejor.

En primera fila, sujetados a la barrera, y ya libres de impertinencia, disfrutamos el que ha sido a la fecha mi concierto favorito de Manic Street Preachers. Fue íntimo y lleno de fuerzas, abriendo con ‘Slash ‘n’ Burn’, y siguiendo con joyas nuevas del existencialismo andropáusico como ‘(It’s Not War) – Just the End of Love’, y clásicos del existencialismo adolescente como ‘Motorcycle Emptiness’. James Dean Bradfield se dio la oportunidad de tocar un fragmento de ‘Raindrops Keep Falling on My Head’ en honor al clima, y cantábamos a todo pulmón ‘You Stole The Sun From My Heart’ dedicándola a las cámaras de Sky. Chistoso, porque es verdad. Otros covers que vinieron fueron el de ‘Suicide is Painless’ (tema de M.A.S.H.) y un poco de ‘You Shook Me All Night Long’ antes de ‘You Love Us’. Y, quizás como epístola para personas como la chica VIP, la raramente interpretada ‘The Masses Against The Classes’. Tan cerca estábamos que pudimos ver a Sean Moore, dándole en la madre a la batería. Tan feliz estaba el grupo, que hasta el guitarrista adicional cantaba todas las canciones. Fue una seca y bellísima noche bajo techo.

Ya al día siguiente, nos levantámos temprano para empacar, dejar la basura por ahí, y tomar nuestro camión de regreso. Esta vez el viaje fue más corto, y ya estábamos en Bristol para las dos de la tarde. Llenos de lodo, con el cabello tieso, pies en los callos, con polvo bajo la piel, y mal alimentados. Pero felices. Muy felices.

Sigo siendo más afin a los festivales de un solo día o más privados e higiénicos como ATP, pero este fue un buen y verdadero festival veraniego. Volvería a hacerlo alguna vez en la vida, y me quedé con ganas de repetirlo este verano. La alineación del Bestival y de Reading and Leeds es increíble, pero una no es millonaria ni desquehacerada. Para esos apenas la televisión, echados en camita, recién bañados, con bebidas refrescantes y algo de quesos y galletas. Nomás por joder. Aunque la transmisión de Glastonbury el fin de semana pasado por BBC nos terminó jodiendo a todos. Sólo interesados en mostrar en sus canales principales los actos que le interesarían a tus padres o a tu hermano más incómodo, con trozos de los demás en canales paralelos y escondidos en su sitio web, sin un orden previamente anunciado. Si veías algo bueno, era por mera suerte. Y mi punto fuerte fue Battles, a quienes veremos en diciembre en ATP, y de quienes hablaré más entonces.

Todas las fotos fueron mías.

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