Anna Calvi, el diablo en la Catedral

Igual que a muchos originarios de países apegadamente religiosos, me sorprende la idea de que haya conciertos de música popular en catedrales y recintos originalemente concebidos para propagar la palabra de uno o más dioses. De hecho, fue una de las cosas que más me impactó al venir al Reino Unido. Uno se esperaría villancicos, conciertos navideños con sinfónica, representaciones musicalizadas de la Pasión, Muerte y Resurrección a lo mucho. Si acaso hubiera presentaciones pop, rock, folk, metal o lo que sea, se imaginaría que al menos son de grupos abiertamente cristianos. Ya saben, como los gruperos en las iglesias evangelistas de México; o los coros de gospel en Estados Unidos, siempre como parte de toda una ceremonia. Por eso me sorprendió, pero no de manera negativa, que las iglesias anglicanas prestaran sus edificaciones para eventos paganos. La verdad no sé por qué. Los británicos comenzaron a tratar la fe muy a su manera desde que tenían sexo casual durante las peregrinaciones a Canterbury.

Lo que se aprecia de los conciertos en lugares religiosos es que, muchas veces, los artistas que quieren presentarse en ellos los eligen porque tienen una actitud ceremonial hacia la música. Independientemente de sus creencias personales, son devotos de su profesión, y aprecian las posibilidades espirituales de su vocación. No por nada la música ha salvado vidas, suavizado malestares y enaltecido experiencias.

Vi un ejemplo de esta devoción y entrega el mes pasado, el 14 de Noviembre, cuando Anna Calvi se presentó en la Catedral de Manchester. Ya les he comentado que esta mujer me despeina. Originalmente mis amigas y yo la íbamos a ver en Bristol, pero canceló porque se lastimó la espalda. En cuanto una de mis amigas se enteró que tocaría en Manchester para cuando yo ya estuviera ahí, me dijo emocionada que quería venir para, además de conocer la ciudad, ir al concierto. En Bristol, hubiera sido en un pequeño club; así que hubo una gran, gran diferencia.Halloween, Alaska

Los abridores fueron Halloween, Alaska, una de esas bandas folklorientas estadounidenses que se reproducen como gremlins bajo la lluvia. Estaban bien. Disfrutables, incluso. No los hubieramos visto aparte por su cuenta, pero aligeraron la espera. Además de que les ayudó el hecho de estar en un edificio religioso para resaltar su música. Quizás si hubiera sido algún proyecto como Timber Timbre, hubiera sido espectacular. Pero no hubiera sido bueno que le comieran el mandado a la Calvi, casi como se lo comieron a Jónsi el año pasado.

Como quiera, no había nada que temer ni nadie robando protagonismos. La presentación de Anna Calvi fue inmensa. Ella, menuda como un flaco ratoncito, tenía una energía tan grande como el edificio mismo. Por dentro, era un gigante; y pudo demostrar sus dimensiones como artista y cantante más allá de los límites físicos. Siempre con tacones, aguantando de pie aún después de haberse lastimado este año. Con ropa abultada para verse más corpulenta: pantalones anchos negros, y una blusa roja que parecía de seda, con pedrería colgando de los hombros. El traje que usan los hombres al bailar flamenco. Con maquillaje oscuro para contrastar con sus ojos azules casi transparentes, y con labial rojo intenso para resaltar cada uno de los movimientos de su boca. En Bristol, una chica que hace burlesque y trabaja en una sex-shop me había dicho que pintarse la boca de rojo hace mejor la felación, porque la persona que lo recibe puede ver más fácil que hay labios ajenos sobre su cuerpo. Quizás también la técnica funcionó aquí, con esos labios ajenos rindiéndole honores al micrófono, ergo, al público. ¿O será el micrófono el que le hacía los honores a su entera presencia? Creo que una mezcla de ambos.

Calvi fue asistida por dos instrumentistas: Daniel Maiden-Wood en la batería, y Mally Harpaz en el harmonio y en una infinidad de percusiones. Ambos espectaculares también. Bien la Calvi pudo haber estado sola con su guitarra e igual hubiera sido impactante, como pudimos ver cuando abrió con ‘Rider to the Sea’, la misma con la que comienza su disco. Pero, en especial en un ambiente eclesiástico, nunca están de más un poco de campanillas, órganos y tambores. Es más, ayuda a conseguir un balance entre ‘el bien’ y ‘el mal’. Recordemos que la guitarra es asociada con ‘el otro bando’, como en la historia de Robert Johnson, aquel bluesero de quien se rumora hizo un pacto faustiano. La misma Calvi en ratos parecía el mismísimo demonio, si creemos en las asociaciones del color rojo en Occidente.

Pero no. Anna Calvi no es el diablo. Sería ridículo pensar en eso. Recuerden que es un ratoncillo tímido y enclenque, que sólo saca su coraje interno al tener la guitarra entre sus manos y el micrófono casi en la garganta. Es sólo un humano con fuerzas sobrehumanas.

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