Del disco duro externo: Macario

Estas semanas vendrán mis padres y estaré muy ocupada con ellos. Por eso, les compartiré un texto que hice para  una materia en la UdeM en el 2007, bajo la tutela de Xavier Moyssén Lechuga. Es sobre una de mis películas favoritas, y que de hecho conocí gracias a mi padre: Macario, basada en un cuento de Bruno Traven, adaptada por Emilio Carballido, y dirigida por Roberto Gavaldón.

Si algo está más que presente en la filosofía del mexicano es la inevitabilidad de la muerte. Ya sea por nuestro historial de conquistas y derrotas o por nuestro apego a una religión que exalta a los mártires, o, si nos vamos mucho más atrás, el culto al inframundo y los sacrificios humanos y animales realizados en su nombre.

Esta fuerte conexión del mexicano con la muerte es el leitmotiv de Macario. En ella, de manera directa o indirecta – más veces directa que indirecta -, se hace referencia a la brevedad de la vida, a lo fácil que es perderla y a lo mucho que debe aprovecharse. Este aprovechamiento tiene que ver también con actos de supervivencia y anhelos que permiten al ser humano, por un momento, olvidarse de su mortandad. En cierto modo, vivir más tiempo. Para esto, cada quien se impone objetivos a corto y largo plazo. En el filme, estos pueden ser alimentar a los hijos, ser alimentados por los padres, o comerse un guajolote entero. Aquello que hay que hacer antes de morir o si no se quiere morir pronto.

En Macario, no sólo las metas del hombre giran en torno a la muerte. También lo hacen los festejos populares. El 2 de Noviembre, con altares en los que parece ser mentira la frase aquella de ‘es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja…’, porque los muertos ricos se la pasan de maravilla, con enormes ofrendas que sorprenden a las masas. Los muertos pobres, por otra parte, reciben muy poco, aunque con buenas intenciones. Esta aparente injusticia detona en Macario gran indignación (con una pizca del egoísmo que está presente en toda persona), representada de manera surreal y folklórica en el sueño de las marionetas. Incluso los juguetes y elementos teatrales que entretienen a pequeños y son utilizados metafóricamente por grandes tienen que ver con el Más Allá y con la teología: tanto en la vida como en la muerte, somos marionetas en las manos de un titiritero, un narrador omnisciente del que nada sabemos pero que él de nosotros todo sabe.

En Macario, el Diablo es un embustero que ofrece todo lo que no tiene, sin mencionar las posibles consecuencias. Dios es aquel que todo da y todo controla, porque todo posee. Pero la Muerte es como uno. La Muerte está hambrienta y triste, es indígena y pobre. La Muerte, contrario a Dios, no tiene tiempo de conocernos, aunque todos a ella la consideremos como parte de la familia. Con fiestas, canciones, escritos y supersticiones. Si desde la era Precolombina se le representa como una calavera, es porque la calavera es lo único que queda de nosotros al acabar nuestra existencia. Es lo que más tarda en descomponerse. La muerte está dentro de nosotros. La muerte somos nosotros en cada acto que se realiza o piensa. El fin ulterior del que hablan católicos y politeístas – ‘la muerte es el camino al asombro’, decían los mayas – y lo que, irónicamente, nos mantiene de pie ante la adversidad. El Monte Caramelo del que habla el cuervo en Rebelión en la Granja de Orwell.

Tanto en Macario como en la vida misma, a la muerte no se le ama ni se le odia. No se le considera buena o mala. Sólo se le ve, se le considera y, paradójicamente, se le vive. Se hacen cosas para alejarla, acercarla, y, en momentos, olvidarla. Se le llora y se le conmemora con nuestros parientes y héroes (ya sean Pedro Infante, los Niños Héroes o, en Viernes Santo, incluso Jesucristo) igual o más que sus natalicios. Se le ve como lo único seguro en la vida. Lo que, aún sin planearse, jamás puede salir mal. Como castigo de los ricos – aunque se den atracones de guajolote y baguettes el 2 de noviembre – y recompensa de los pobres – aunque sólo reciban de sus parientes lo poco que comían en vida. Todo esto porque ella es como uno y es uno.

Al verla Macario así, siendo exactamente como él mismo, le convida de su banquete personal. Y, a medio comer, se percata de que, aunque no poseyera ni ofreciera nada, la Muerte quita. Sin querer (pues es el orden de las cosas) y sin descanso. Como el hombre que trabaja para existir y para que existamos.

Así de tanto se parece a nosotros.

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