Joyicuento: El Arroyo

Algunos en el circuito cultural del Monterrey en Estado de Sitio sabrán que me gusta escribir cuentos cortos. Algunos para tus hijos, otros para tu hermana puberta, unos más para hacer llorar a tu mamá, y los demás para el que caiga. Como no he podido escribir mucho en este sitio, y no pude con Buena Vida Presenta (porque mi vida es mala), comenzaré a compartir cuentos cortos y mugreros literarios también aquí. Para que no digan que hago puros ensayos sobre Skrillex o puras notas tristes sobre la política nacional.

Este lo hice el año pasado, y lo rescaté de la tarjeta SD de mi celular. Seguro lo escribí en algún largo trayecto. Ojalá les guste. Está muy triste, pero certero. Ahora que lo leo tiempo después, me enseña cosas que ya había olvidado.

El Arroyo

En el club habían sacado humo. Humo por todas partes. Y Penélope tuvo un ataque de asma a la mitad de esa canción de Jennifer López y lambada.
Horas antes, se vio con sus amigos en la comida china. Todos hablaban con todos, menos con ella, a pesar de estar en medio de la mesa. Fue como la Última Cena, pero mas deprimente.
En el primer club se encontró con Estefanía, su pareja. Al fin, alguien con quien hablar. Llegó tarde porque le pidieron en la oficina, a las 5 y media de la noche, una tarea que toma por lo general ocho horas en completarse.
A las diez de la noche, la terminó con las patas y los mandó a chingar a su madre.
– A fin de cuentas nos mudaremos a Madrid, nos casaremos, y conseguiremos mejor trabajo.
¿En serio?
Para el segundo antro, los perdieron a todos. Pero ahí siguieron, esperando y bailando, porque Penélope no quería quedarse sin amigos. Era, de por sí, un fantasma en clase. Ya no veía a quienes vivían con ella. Peor aún, se dio cuenta que aquella lasaña que había calentado días atrás no le había dado chorrillo y cólicos por mal cocida, sino porque uno de sus compañeros de casa le puso laxante.
Lo de Jennifer López y el asma en el club había sido lo último que aguantarían. Mientras Penélope se retorcía en la banqueta, Estefanía amenazaba con demandarlos a todos. Ni se molestaron en llamar a una ambulancia. Ni los paseantes le preguntaban si estaba bien.
Penélope y Estefanía se sentaron a llorar junto al arroyo. A lo lejos, otros maricones cantaban y se divertían. Ellas no. Ellas ya estaban hasta el cuello.
– ¿Por qué son todos, todos, contra mí? ¿Contra nosotras? – se quejaba Penélope.
Estefanía la abrazaba con fuerzas y acariciaba sus cabellos.
– Porque el mundo esta lleno de imbéciles.
– Aún entre quienes son como yo me ignoran. Donde pienso que encajaría. Así les ofrezca el alma, no la toman más que para pisotearla.
– Eres demasiado buena. Eres un ángel, Penélope. Amas demasiado a la gente. Hasta a quienes no lo merecen. Y me he dado cuenta que tienes que gritar, tienes que ser imbécil, para que te escuchen. Si es bajo esos términos, entonces no te merecen.
– Pero soy humanista. Me gustaría seguir teniendo esperanzas en la humanidad.
– Con la realidad no siempre combinan las expectativas.
– Es como si la humanidad no creyera en sí misma.
Y siguió pudriéndose, en ratos abriendo y cerrando la boca como planta carnívora buscando moscas.
– Vamos a hacer algo: – propuso Estefanía – de ahora en adelante, salvo nuestros parientes, todas las personas para nosotros serán unos imbéciles, y nosotras seremos superiores a ellos. Así como Pedro – el del purgante – trata a todos como si fuera superior. Pero no lo es, y nosotras sí.
– No me gusta eso de maltratar a la gente.
– Seremos buenas, por supuesto, pero no tendremos expectativas de nadie. Los trataremos con pinzas, como a insectos, hasta que comprueben ser personas dignas y merecedoras de nuestro afecto.
– Será difícil…
– Pero tu amor no es algo que puedes andar desperdiciando. Es raro y precioso. Como tu no hay nadie; y si la imbecibilidad no permite que cualquiera puede verlo, entonces no lo merecen. ¿Me prometes que ya no regalaras lo tuyo a cualquiera?
Ella asintió y le contestó con un beso.
– Ahora solo nos tenemos a nosotras y a quienes valen la pena.
Siguieron en silencio, abrazadas, llorando como si estuvieran de luto. La humanidad, para ellas, acababa de morir.
– Quiero ir al baño. – enunció Penélope.
– Ahorita vamos al bar a que lo uses.
– No creo llegar a tiempo. Voy a orinar en el arroyo.
– Los policías pueden descubrirte.
– Que se joda la policía.
Así, debajo de un puente, Penélope se levanto la falda, se bajó los calzones, y orinó en el arroyo que recorría toda la ciudad.

Como siempre, las sugerencias son bienvenidas. Háganse fans en todos los medios que puedan, etc. etc.

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