Alexandra Candelabra

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Alexandra Candelabra es la hija mayor de la dinastía Candelabra. Hoy es su cumpleaños. Nadia, su hermana menor, se la pasa encerrada en su cuarto. ¿Quién la culpa? Su cama es el puff de Ernesto Neto. Claro que va a preferir el confort del poliuretano entre amplias paredes blancas bajo un domo transparente. Pero esta no es la historia de Nadia. Es la historia de Alexandra, y hoy cumple años.

Priscila y su novio vinieron a visitarla, así que se los llevó de paseo.
– ¿Vamos a Australia? – le preguntó Alexandra al chofer.
– Sí, vamos. – contestó el chofer, quien también es su padrino.
Así se fueron, manejando hasta Australia. Al menos ese era el plan. No obstante, la noche se vino encima. Tuvieron que detenerse en las ruinas cerca de La Huasteca. Eso bastó. Los chicos se bajaron del coche, pasearon por las ruinas de la fortaleza medieval, y quisieron tomarse una foto.
El padrino tomó la cámara de Alexandra e intentó tomarles fotos una y otra vez. Una y otra vez. Pero no salían todos. Sólo salía una niña con cabeza de cordero que se les había atravesado enmedio.
– ¡Si serás estúpido! – le reclamaba Alexandra al borde de la neurosis – ¡Los veo una vez al año y tú no sabes tomar bien las fotos! ¿Estás malito, o qué?
El padrino se sentía emasculado, aunque sabía que, seguramente, no se sentía tan mal como Alexandra. Debieron haber visto su rostro, cual un tomate. Sus ojos, cual una tormenta. Por salud, el padrino decidió no hacer rabietas. Esas que arruinan el hígado. Esas que quizás un día arruinarían a la dinastía Candelabra. Un rumor había escuchado.
– ¡Mejor que nos la tome con mi celular! – salió Priscila al rescate. Sacó su smartphone, con pantalla gigantesca e imperdible. Con eso bastó. El padrino tomó una foto perfecta. Salió La Huasteca, las ruinas, Alexandra, Priscila, el novio y, en medio, la niña con cabeza de cordero.

Alexandra se disculpó infinitamente con el padrino. Se sentía podrida, ensangrentada. No hubo problema. Él ya la había perdonado desde hace mucho. Desde que nació. Desde que tuvieron que luchar contra la maldición de la dinastía Candelabra.

Al poco tiempo que Priscila y su novio se fueron, llegaron sus demás amigos. Una docena. Entre gordos, flacos, peliteñidos, con piercings y tatuajes. Alexandra no parece una princesa. Nunca lo ha hecho. Recordemos esa foto que los Candelabra se tomaron con Barack y Michelle Obama: mamá y papá sonriendo, canosos, lujosos, con las hijas vestidas de negro y labios color púrpura. Ahora Alexandra es más colorida. Tiene un aro en medio de la nariz, como una vaca. Su novio es alto y delgado como Bradford Cox.
– Vamos a Laredo, ¿o qué?
– ¡Sí, vamos!
Se fueron todos a Laredo. Alexandra, Bradford y sus amigos. Un viaje de puros jóvenes. Condujeron en círculos en el estacionamiento del Mall del Norte. Compraron accesorios en Claire’s. Tragaron hamburguesas con papas y refresco en el diner. Al caer la noche, después de un chapuzón en la alberca del hotel, se encerraron en un cuarto a ver un concierto de Fleetwood Mac en la tele. Fleetwood Mac, la banda favorita de Alexandra Candelabra.
Cantaban a todo pulmón esa de “Dreams”. Alexandra se sabía toda la letra. En montón, se volvieron locos con “The Chain”. Se la gritaban cara a cara, con furia, con pasión, agitando banderitas de los Estados Unidos que les habían dado en el diner.
– And if you don’t love me now, you will never love me again, I CAN STILL HEAR YOU SAYING YOU WOULD NEVER BREAK THE CHAIN!
Se morían con ese bajo. Con ese bajo. Con esa batería cresciente. Con ese solo de guitarra. Se morían y volvían a nacer. Y sin saberlo, volvían a crecer y a ocultarse. ¿Ocultarse de qué? De lo que sabía el padrino, allá en casa. Poco valía la pena adentrarse en detalles que les eran desconocidos. Estaban pasando a Fleetwood Mac en la tele y era lo único que importaba.

CHAIN, KEEP US TOGETHER

Amanece, y Alexandra Candelabra quiere ponerse un pene. A ver qué tal. Va a la clínica, la sientan en una cama reclinable, y con un toque de rayo láser la operación termina sin problemas.
– ¿Y eso? ¿Por qué duró tan poco?
– Es que ya tenías pene, sólo que te lo enrollaron y te lo guardaron por dentro.
Así que por eso a Bradford le dolía hacerlo por la vagina. Porque había algo ahí.
El padrino llegó apurado, pálido y espantado.
– ¡NO HUBIERAS HECHO ESO! Dice la maldición que si el heredero de los Candelabra es hombre, traerá mala suerte para la dinastía.
– ¿Y quién te dijo que soy hombre? – rectifica Alexandra. – Sólo dije que quería un pene, no que quería ser hombre. Nada más. Sigo siendo Alexandra Candelabra. Siempre lo he sido y siempre lo seré.

Así, acabó la maldición de los Candelabra. Todos volvieron a casa.

En el próximo retrato de familia, salieron papá y mamá, Nadia, Alexandra, Bradford y el padrino.

Nadie volvió a ver a la niña con cabeza de cordero.

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